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El trickster es una figura recurrente en la Historia: aparece con su travesura divina poniendo todo de cabeza para que el mundo se mueva y se transforme

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El trickster es aquel que engaña, el embaucador, el estafador, pero también el bromista, el que provoca y subvierte el orden, el que trafica con travesuras y se mueve en la sombra, el que tiene la picardía y la astucia para transformarse --y así alterar la conciencia de aquello con lo que interactúa. Quizás no haya ningun otro personaje mitológico y arquetípico tan emblemático para las culturas chamánicas (o las religiones de la naturaleza) como el trickster (una palabra que, ciertamente, no tiene traducción al español, y esto es parte de su esencia: lo  enigmático, lo paradójico, lo indefinible).

Joseph Campbell contribuye a la constelación arquetípica de Jung con su clasificación del trickster entre las culturas amerindias:

Hay una figura en la mitología nativo-americana que representa el poder de la dinámica de la totalidad de la psique para subvertir programas. Es muy importante para estas culturas; en el Noroeste y Sureste aparece como la gran liebre  o el conejo, en el Oeste es el coyote y en el Noroeste es el cuervo...

Estos astutos animales y aves presentan un rompezabeazs para la visión cristiana, ya que el trickster es un diablo, un tonto o loco y a la vez el creador del mundo, así que rompe las estructuras, y pone en entredicho lo que debería de ser una deidad...

Se identifica al trickster con estos animales --a los que se podría añadir también el zorro y la serpiente-- por su astucia, por su taimada inteligencia y su habilidad de ocultarse --ya sea para escaparse de sus predadores o para sorprenderlos--, mismos que están asociados simbólicamente con un aspecto negativo vinculado con la sombra, con lo secreto, con el conocimiento oculto.

La cosmovisión sobre la que se erige la figura del trickster como un arquetipo (los arquetipos son dioses que se difunden en el tiempo y son parte también de la psique, asociados a una cierta emoción) es la de un arraigo a la naturaleza: la sede de lo divino. El trickster toma una cualidad fundamental de la naturaleza (que es la imagen de la divinidad): la habilidad de transformarse y de ocultarse. Observando la naturaleza el hombre antiguo entendió que todo es cambio, que todo fluye: el trickster es dios, es un animal y es un hombre y es capaz de convertirse en río, en árbol, en estrella o en otro animal y alterar la naturaleza como si toda ella fuera su teatro, en una dinámica metamórfica en continuo movimiento. Por esto, la esencia del trickster es la transformación (y no es extraño que en culturas indígenas chamánicas surgiera con tanta frecuencia el motivo del tótem y el nagual).

Los filósofos presocráticos encarnan un poco esta figura chamánica antes del apogeo de la razón y la academia, algunos no sólo desempeñándose como filósofos sino como médicos con cierto aire holístico y vinculando su pensamiento con la naturaleza como espíritu panpsíquico. En Heráclito podemos ver esta filosofía que se emparenta con el arquetipo del trickster. La famosa frase de Heráclito, por supuesto, es "Todo fluye", pero también "La naturaleza ama ocultarse"; en estos dos principios podemos observar las dos características del trickster. El trickster encarna en una doble vertiente este ocultamiento: no sólo es Dios que juega a las escondidillas, también es el que esconde la creación, el que altera el orden, cambia las cartas y se entromete en los planes (le saca canas a Dios). "Todo lo que es un principio de desorden está asociado con el trickster, con lo demoníaco", dice Campbell. El trickster es el secreto aliado del caos en todo orden.

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Cuervo

Mi dios es el aliento de un cuervo. 

Rick Holland

El cuervo es la sombra de Dios. El ave que no regresó, que voló más allá del arcoíris, a su propio ritmo. El cuervo, que hoy sabemos es capaz de usar herramientas, reconocerse en un espejo y que cuenta con una memoria prodigiosa, es la efigie de la astucia y de la sombra de la creación. El mejor ejemplo de lo que simboliza el cuervo ligado al trickster es el poemario de Ted Hughes, Crow. Ahí leemos, entre otras cosas, que "su palacio es de calaveras", "su vestidura es negra de última sangre", "su reino está vacío" y está destinado "a reinar sobre el silencio" y es llamado "arcoíris negro" (el reverso de esa alianza). Es también el obstáculo de la luz, lo primero que el sol no podía quemar: la pupila del cuervo. Cuando Dios le intentó enseñar al cuervo a decir "amor", éste escupió mascullando y la vulva de la mujer estranguló al hombre en la Tierra. Cuando Dios descansa después de la creación, el cuervo  aprovecha y lo muerde y se traga un pedazo. Cuando el cuervo decide atacar al sol, primero se ríe de sí mismo para así encontrar su centro y modo de batalla; y después de la batalla, exclama: "Aquí arriba, donde lo blanco es negro y lo negro blanco, he ganado".

Coyote

El mito del coyote es uno de los más populares en las culturas  nativo-americanas. El coyote aparece como un hombre, como un payaso o como el dios de la creación, un poder asociado con el Gran Espíritu. Se le ha comparado con Loki y con Prometeo --ambos dioses tricksters-- ya que comparte con ellos la historia de haber robado el fuego de los dioses. 

En otros países el coyote es substituido por el zorro (kitsune, en Japón) o el dios Maui, quien también robó el fuego. Lévi-Strauss considera que el coyote, como otros animales tricksters, toma su elemento mítico al ser un mediador entre la vida y la muerte.  Los coyotes están asociados con la noche, el momento en el que otra visión más aguda es necesaria y, como los búhos, simbolizan la sabiduría.

Cuando dejan las manadas, estos animales simbolizan el camino del héroe que se desprende de la sociedad para vivir por cuenta propia, encontrarse a sí mismo y seguir los signos de la naturaleza.

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El Gran Conejo

El conejo y sobre todo la liebre, simbolizan el animal-espíritu que traza el camino, que proveen un sigiloso y veloz signo para aquel atento, abriendo la posibilidad de otra realidad. La liebre también encarna el poder de la fecundidad, y existen algunas culturas que la toman como un principio creativo. Nuestra cultura ha visto la popularización del conejo en una resonancia arquetípica, como es el caso de la saga de Alice in Wonderland de Lewis Carroll, en donde Alicia inicia su viaje al mundo surrealista "del otro lado", un mundo paralelo en donde todo parece tener el sello del trickster, siguiendo al conejo. Tenemos también el caso de Bugs Bunny, el personaje de dibujos animados que mantiene la esencia de picardía del trickster.

Estos motivos se repiten en la película Matrix en donde, como un mantra que desgarra el velo del programa, se repite la frase "Sigue al conejo blanco”; este es el paso para despertar del sueño (el conejo ha cobrado una cualidad onírica). Algo similiar, con tintes más oscuros, ocurre en Donnie Darko, en donde vemos la naturaleza de transformación del trickster: Frank es un muchacho que se comunica con Donnie a través de una especie de portal en el tiempo y, también, un atemorizante conejo. Como estas, existen otras referencias en la cultura popular.

El otro gran trickster de la historia es por supuesto la serpiente, un animal que agrupa, sin embargo, una  simbología más compleja y rica. Advierte Campbell que la serpiente, como lo demoníaco, ha sido asociada en nuestra cultura con algo negativo: "que la serpiente tenga una connotación negativa significa que nuestra tradición está en contra de la vida", la serpiente que representa la dinámica de la vida (lo demónico es esto) y la capacidad de renovarse y triunfar sobre la muerte.

Tricksters en la historia

The Key of Joy is disobedience.

A. C.

Se podría decir que la psique humana está compuesta de una constelación de arquetipos, por los cuales vamos como por una rueda de la fortuna (o como esa rueda de animales que los antiguos vieron en el cielo). Algunos personajes han encarnado con singular distinción el arquetipo del trickster. En el budismo tenemos a los grandes maestros zen, muchos de los cuales enseñaban con koans que en ocasiones llegaban a ser trucos verbales o tareas que colocaban al sujeto en un estado de shock en el que podía romper los paradigmas y obtener el satori. Un ejemplo de las enseñanzas trickster del zen es la famosa frase: "Si encuentras a Buda en el camino, mátalo". 

Un gran ejemplo de lo que es un trickster puede verse en la saga de Carlos Castaneda, en donde los naguales Don Genaro y Don Juan encarnan perfectamente este arquetipo con tonos humorísticos en medio de una espectral brujería: haciendo del conocimiento un viaje aterrador, sólo refrescado por el impávido humor de quien lo ha visto todo. 

Si pienso en alguien que haya resonado con la figura del trickster, me viene a la mente Aleister Crowley, el mago y poeta británico que pasó toda su vida provocando a la sociedad y embaucando a sus seres queridos a la vez que creando toda una estructura para alterar la conciencia y cuestionar los valores establecidos, con frases como: "Haz lo que quieras; esa es toda la ley". Es imposible separar la vida de Crowley del mito y de la ficción: prestidigitación ontológica que borra su rostro, como uno de esos cuervos que desaparecen en el crepúsculo.

Otra figura estrechamente relacionada con el trickster y, en cierta forma, continuador del trabajo de Crowley es Tim Leary, el profesor de psicología de Harvard que inició la cruzada en pro de las drogas psicodélicas y quien acuñó --inspirado en McLuhan-- frases como: "Tune in, turn on and drop out". Leary, al igual que Crowley, ha sido acusado de ser un doble agente y de trabajar también para el gobierno (para la CIA). Al mismo tiempo, Richard Nixon lo llamó "el hombre más peligroso de Estados Unidos".

El trickster, como sugiere Campbell, está presente en todos lados en donde existe el desorden --como la sombra de Dios o la carta del Tarot del Loco. Está ahí para ejercer el contrapunto y hacer interesante la historia mostrando que hay algo más, que el misterio es mucho más profundo de lo que creemos --how deep the rabbithole goes...; su labor es la de oponerse al orden con una energía rebelde y provocar la fricción creativa. 

Twitter del autor:

La escritura puede reducirse a una relación cognitiva básica: mostrar algo que vemos y queremos que alguien más vea --apuntar con el dedo a un paisaje. Pero en ese acto ocurre algo importante: compartimos nuestra atención y hacemos que lo que primero surgió en nuestra mente surja en otra

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En una época en donde hay más escritores que lectores no es extraño que abunden tantos libros y artículos que prometen revelarnos los secretos de la buena escritura --entre la glamourización del arte y la cultura del snack y los top ten que suponen resolver lo ilimitado en una guía práctica definitiva. Como bien apunta Oliver Burkeman en su columna de The Guardian, la mayoría de estos consejos resultan intrascendentes (nadie se ha convertido en un buen escritor leyendo una lista de cómo ser un buen escritor; de hecho la literatura superacional, en la que caen por default, es históricamente literatura de poca calidad).

Dicho esto, el nuevo libro del psicólogo Steven Pinker, The Sense of Style, es un poco más que el típico manual de estilo. Pinker es, por supuesto, uno de los psicólogos o psicolingüistas más prominentes de la actualidad, y ofrece un análisis de lo que ocurre entre el lector y el escritor desde un punto de vista cognitivo --una visión con algo de neurociencia pero no demasiado como para perder el intangible emocional.

El insight fundamental de Pinker es que escribir es un fenómeno psicológico, "una forma en la que una mente puede causar que ciertas ideas sucedan en otra mente". Esto es una especie de psicotecnología hasta cierto punto "cognitivamente no natural", si consideramos que durante la mayor parte de la existencia humana nadie escribía y después, sólo una pequeña élite. Pinker apunta que escribir es una forma extraña de comunicar que tiene sus desventajas: no puedes ver las expresiones faciales, no puedes pedir aclaraciones inmediatas, realmente no sabes quién es la persona que escribe o cuánto sabe. Y sin embargo, es un poderoso mecanismo para causar un fenómeno mental en otra persona a distancia --además de una forma de memoria que pasa de un estado latente, larvario a una activación que, en algunos casos, puede ser una especie de continuum en el que se gesta una crisálida transpersonal o colectiva.

La respuesta de Pinker a por qué el hombre ha elegido la escritura para comunicarse (extravasando un río de cosa mentale) se apoya en el trabajo de dos lingüistas, Mark Turner y Francis Noël Thomas, quienes creen que la escritura es "atención fusionada" o una articulación en la que se unen dos perspectivas (una encrucijada sináptica). Escribir es una versión relativamente moderna de un comportamiento común a toda la especie: llamar la atención de alguien para hacer algo visible. El acto fundamental con el que resuena la escritura, según Pinker, es el de apuntar hacia algo en el camino, un paisaje, un animal, una iglesia, una luz particular y decir (este es el arte del escritor: cómo llamar la atención para provocar la mirada): "ve eso" o "¿puedes verlo?". "Cuando escribes debes pretender que tú, el escritor, ves algo en el mundo que es interesante, y estás dirigiendo la atención del lector hacia esa cosa", dice Pinker. 

Esto puede parecer obvio, pero recordemos que en la simpleza está la profundidad y este principio obedece a una empatía básica entre lector y escritor. "Mucha de la mala escritura sucede cuando las personas abandonan este acercamiento. Los académicos se dedican a presumir su conocimiento; los burócratas se preocupan de cubrir sus espaldas; los periodistas, de ser los primeros en dar una noticia o de provocar a sus lectores. Todos estos interfieren con la 'atención fusionada', haciendo que la escritura sea menos transparente". Transparencia es lo que se quiere: el texto como un espacio a través del cual se puede ver.

Turner y Thomas señalan que "estamos construidos" para "señalar algo directamente perceptible a alguien cerca de nosotros". Pinker comenta: "Si entendemos esto, la escritura no es un performance... es el escritor y el lector, juntos, escaneando un paisaje". El escritor que ha visto ese paisaje, ese mundo que se hace visible, no debe asumir que el lector comparte su experiencia previa y tiene los mismos códigos: sus palabras deben sintonizarse con su mente, con su campo semántico y hacer surgir el espacio, ese punto que quiere que el lector sea capaz de ver.

Pijama-8Las ideas de Pinker, que pueden leerse en esta entrevista con Edge.org, tienen cierta resonancia con lo expuesto por Jason Horsley en su ensayo "Escritores del Cielo en Hades". Aquí, un fragmento sobre la afinidad entre el autor y el lector:

Cuando leemos Crimen y Castigo nos encontramos dentro de la mente —debajo de la piel— de Raskólnikov: nos identificamos a tal extremo con el personaje que, durante el libro, sus pensamientos se vuelven los nuestros y, en menor medida, sus acciones se vuelven nuestras acciones. Sin embargo, en tanto que Raskólnikov es la creación de la mente de Dostoievski —el hijo de su psique— no está tomando en sí Raskólnikov, sino su creador. Una combinación entre buena escritura con buena (atenta) lectura crea en nosotros un estado de trance que involucra un empalme entre nuestro estado mental y aquel del autor al momento de escribir. Más allá de la conexión telepática a través del tiempo y el espacio que describe King, esto implica que, contenida dentro de las propias palabras, existe una carga de información oculta que sobrevive a cualquier número de traducciones o reimpresiones y permanece invisible e indetectable en el texto mismo. Lo que hace a Dostoievski un gran escritor, por encima de muchos otros millones que no lo son tanto, a mi juicio, es que el ruso se sumerge tan entrañablemente en el proceso de escribir, tanto que se consumía a sí mismo, que su frecuencia cerebral se sintonizaba con la de los personajes imaginados, lo que provocaba que hubiese una mínima distancia entre el creador y su creación. Toda buena ficción logra esto en alguna medida: crea en el lector una sensación de autenticidad, de inmediatez, como si los eventos descritos estuviesen ocurriendo espontáneamente mientras los leemos y no que fueron trabajados a lo largo del tiempo (años o incluso siglos atrás) por alguien sentado en un escritorio masticando un lápiz. Un escritor que crea personajes y escenas convincentes lo logra al penetrarlos hasta el límite: el texto escrito se torna en una especie de escáner cerebral tomado en ese momento, capturando los más íntimos pensamientos y sentimientos del escritor, cada bit, lo mismo que sucede al grabar a un cantante o como la fotografía, que alguien captura de lo que está sucediendo al interior de cierta persona en ese preciso momento —asumiendo que somos lo suficientemente sensibles como para sintonizarnos con esa información y “decodificarla”.

Horsley va más allá de la tesis de Pinker y sugiere que se produce un tipo de contacto telepático entre el autor y el lector, posiblemente vía un mecanismo de neuronas espejo que se detona en la lectura. Más allá de que esto puede ser una visión radical de lo que ocurre en la neurociencia de la ficción encontramos una misma idea, en diferente grado, que es la escritura como un artificio para hacer vivir momentos o ideas que ocurren primero en la mente del autor y que se repiten, con una leve variación, en el lector. La literatura, entonces, puede verse como una especie de artefacto lingüístico o una app mental --descargada en el cerebro al leer-- a través de la cual el contenido de la mente coloniza, en la que las ideas o memes se esparcen y reproducen. Es a través de esta tecnología "cognitivamente antinatural" (en palabras de Pinker) que manifestamos una mente colectiva, que abrimos las puertas de la psique al mundo y vemos con los mismos ojos en la interfase que es el lenguaje.

Twitter del autor: @alepholo