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Parece que en nuestra época vivimos obsesionados con hacer bien las cosas, lo que sea que eso signifique

Uno de los mottos favoritos de Internet es: “lo has hecho mal toda la vida”, “lo estás haciendo mal”, “lo hemos hecho mal siempre”, etc., referido éste a acciones que el ser humano ha realizado de cierta manera durante buena parte de su historia pero que, según algún inteligente redactor, se ha hecho también de la peor forma posible.

En general, muchos de estos contenidos aluden a acciones simples y cotidianas (e incluso un poco banales) como doblar una camisa, tomar un baño, comer pastillas para el mal aliento o cortar pepinos; otras pueden tener el beneficio de la duda en tanto que no hay una manera “correcta” de hacerlo –por ejemplo, criar un hijo, amar, tener relaciones sexuales (no podía faltar) o, si ya estamos en eso, incluso vivir. Otras rayan en lo improbable (seguir la dieta paleolítica), lo absurdo (no sólo has preparado mal una bruschetta toda tu vida, además ni siquiera has sido capaz de pronunciar la palabra como se debe), lo increíble (si has ejercido la guerra psicológica, seguramente lo has hecho mal) y lo francamente inclasificable (según este artículo del New York Times, orquestas, solistas y músicos amateurs han interpretado mal la música de George Gershwin durante los últimos 70 años).

Si las cosas que hacemos y decimos dicen siempre algo más –de nosotros mismos, de nuestra cultura, del momento histórico y subjetivo en que nos encontramos– este pequeño motivo nos sugiere algo en lo que quizá valga la pena detenerse.

Parece ser que en nuestra época estamos obsesionados con hacer “bien” todo. Creemos que existe la forma correcta lo mismo para exprimir un limón que para amar a una persona, dos acciones que se encuentran en los extremos del arco pero que, desde cierta perspectiva, somos capaces de situar en el mismo registro. Buscamos afanosamente ese procedimiento adecuado y, en consecuencia, dejamos de probar, de intentar, de equivocarnos, de aprender por nosotros mismos y, lo más importante de todo: dejamos de encontrar nuestra propia forma de hacer las cosas.

La verdad es que al intentar hacer todo bien, lo estamos haciendo muy mal.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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Estos son algunos artículos consultados durante la elaboración de esta nota. Quizá algún lector los encuentre de interés o entretención –aun a sabiendas de que lo que sea que haga (leerlos, reír con ellos, compartirlos, etc.), seguramente lo estará haciendo mal.

Everything: You're Doing It Wrong

If You're Doing It All, You're Doing It Wrong

25 Things You’ve Been Doing Wrong Your Whole Life, I Had No Idea About #10

22 Things You’re Doing Wrong

21 Things You Are Doing Wrong Every Day

16 Things the Internet Thinks You've Been Doing Wrong Your Entire Life

Sobre la felicidad que viene del "buen demonio"

Todos los seres humanos buscan la felicidad. Sin embargo, muchos la buscan por medios equivocados o bajo una confusión de lo que es la felicidad; por ejemplo, pensando que pueden encontrar la felicidad en el mundo material, obteniendo dinero, éxito o admiración. La filosofía, y recientemente la ciencia, coinciden en que la felicidad viene fundamentalmente de una vida llena de significado, de conexiones profundas con uno mismo y con las demás personas y de una vida espiritualmente plena. Es por ello que se ha rescatado el término griego eudaimonía, el cual nos remite a la importancia de armonizar la vida con el significado más profundo, o aquello que los griegos creían venía del alma o del espíritu y que nos vinculaba con el cosmos.

La palabra eudaimonia esta compuesta de eu (bueno) y daimon, el término de donde viene nuestra palabra "demonio" pero que para los griegos significaba algo más parecido a espíritu o ángel. Este concepto fue importante para la ética de Aristóteles, quien lo ligó al más alto bien del ser humano y a cosas como la virtud (arete) y la sabiduría en su aspecto práctico (phronesis). Podemos empezar a jugar con una definición de la eudaimonía como el arte de vivir de manera virtuosa, buscando la sabiduría, para desarrollar el potencial humano. Pero esto es sólo tentativo. Debemos explorar más

El daimon es, según se creía en la antigua Grecia, el genio o acompañante del alma (a veces usado como sinónimo mismo del alma o psique). "Ethos anthropos daimon", escribió Heráclito, una frase que se traduce como "Carácter es destino" (daimon siendo destino en este caso). Quizás nos ayude más leer la frase de Heráclito, llamado a veces el primer psicólogo, de esta forma: "El carácter del hombre es su daimon".

Para Carl Jung el daimon es el inconsciente mismo, el cual domina y dirige la vida de un hombre que no se ha individuado como un amo invisible. Es por ello que es importante conocer al daimon, hacer conscientes nuestras motivaciones inconscientes e integrarlo; en términos más populares, esto sería algo así como aprender a escuchar nuestro corazón o espíritu. Marsilio Ficino, el gran traductor de Platón, dijo sobre el daimon: "Quien descubre su propio genio a través de estos medios encontrará su trabajo natural y al mismo tiempo encontrará su estrella y su daimon. Siguiendo este camino obtendrá felicidad y bienestar". Ficino, quien fuera conocido como "doctor del alma", amplía aquí el sentido de la frase inscrita en Delfos "Conócete a ti mismo"; conocerse a sí mismo es conocer también a nuestro daimon, nuestro destino, ese espíritu que nos guarda y asedia, como "una estrella flotando sobre la tierra, conectada al alma", según Plutarco. En este sentido el daimon está ligado a los astros y de hecho las cartas astrales antiguas definían el daimon de cada individuo según el planeta que regía la carta. Sin embargo, debemos recordar que los mismos antiguos reconocían que los astros no obligan, sólo inclinan. Patrick Harpur dice que una forma de imaginarlo es como "una manifestación personal de un dios impersonal". Esto nos recuerda al llamado dios de Sócrates, quien era su propio daimon y quien lo obligaba a proceder rectamente, a seguir su propia conciencia, con fe más allá de la muerte, por lo cual no titubeó en tomar la cicuta.

James Hillman en su libro The Souls Code examina la relación entre el daimon y una vida plena que encuentra su significado. Sobre cómo evitamos el llamado de nuestro destino, escribe:

Presente en cuerpo, pero ausente en espíritu, él paciente yace en el diván, avergonzado de su propio daimon por los potenciales de su alma que no deja de manifestar. Se siente internamente subversivo, imaginando en su pasividad extremos de agresión y deseo que deben suprimirse. La solución: más trabajo, más dinero, más bebida, más ejercicio, más cosas.  

Es nuestra decisión si seguimos el llamado o lo ignoramos pero, nos dice Hilllman, el daimon no se irá y mientras no hagamos lo que quiere (que al final es lo que realmente queremos nosotros) nos someterá a diferentes vejaciones. En otra parte Hillman dice que si el alma no obtiene lo que quiere nos enferma, así el daimon o esta fuerza de un deber ser nos obliga a aprender sometiéndonos a duras pruebas. En The Soul's Code: "Un llamado puede ser pospuesto, evitado e intermitentemente perdido. Pero también puede poseerte completamente. De cualquier forma, eventualmente saldrá a la superficie. Reclamará su tierra. El daimon no se va".

Quizás lo más interesante es que la ciencia ha recuperado esta idea de la eudaimonía. El profesor de medicina de UCLA Steve Cole ha realizado estudios (los cuales revisamos de manera más amplia en un artículo anterior) sumamente interesantes sobre la relación entre el sistema inmune y la felicidad, o cómo reaccionan nuestras células a lo que subjetivamente llamamos felicidad, de lo que ha concluido que "no hay duda de que la mente y el sistema inmune están ligados". La mente parece modular en varios aspectos las respuestas inmunes. 

Cole realizó un estudio con sus alumnos cuyos resultados nos ayudan a entender mejor cómo nuestra psicología profunda se refleja en nuestro sistema inmune. En el estudio se midió el perfil de expresión genética de un grupo de voluntarios y se relacionó con una evaluación de sus niveles de felicidad. Un mejor perfil de expresión genética significa una mayor respuesta antiviral y una menor respuesta inflamatoria. La evaluación de la felicidad se dividió en la felicidad "hedonista" y la "felicidad eudaimónica". "La felicidad hedonista es el estado de ánimo elevado que experimentamos después de un evento de vida externo, como comprar una casa", la eudaimonía es "nuestro sentido de propósito y dirección en la vida, nuestro involucramiento con algo más grande que nosotros", explica Cole. El estudio mostró una notable correlación entre la felicidad eudaimónica y un mejor funcionamiento del sistema inmune. 

El estrés crónico que reduce la felicidad eudaimónica, sugiere Cole, puede acortar la longitud de los telómeros, mientras que actividades como la meditación mantienen la longitud de estos extremos de los cromosomas que protegen el ADN e intervienen en el proceso de envejecimiento. En otras palabras, la disciplina mental es capaz de afectar la expresión genética y regular la función de nuestro ADN. Para quienes dudaban de los poderes mentales del ser humano.

 

Twitter del autor: @alepholo