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Un poemario de Karla Hill que explora la experiencia poética de la realidad

Nuestra relación con la realidad tiene su origen en un fenómeno misterioso, casi desentrañable: la percepción y aprehensión de los hechos que se presentan por doble partida antes nuestra sensación y nuestro entendimiento. Percibimos la realidad, pero no mansamente. En todo momento, hay algo más que nos la devuelve pero ya no como realidad, sino como idea de realidad, pensamiento, imagen, representación. Miramos el mundo y aunque el mundo es, para nosotros es siempre un mundo nuevo, un mundo desconocido en alguna de sus múltiples, incontables aristas, un mundo en cierto sentido único.

Apenas rompemos la membrana de la idea de realidad en la que todos convenimos a diario, descubrimos una selva indómita de significados aún salvajes, un jardín exótico donde las palabras se revuelven y se confunden, cambian sus ropas y se presentan con un aspecto distinto al que solíamos atribuirles; descubrimos que detrás de la idea de realidad –sólida pero frágil– con la que vivimos cotidianamente, existe otro mundo paralelo, el de nuestra percepción y nuestros pensamientos, en donde la realidad se recrea una y otra vez pero a nuestra manera –incluso sin que nos demos cuenta de ello.

Desluz, de Karla Hill (Editorial Xolo, 2016), es un poemario que rehace el camino que va no de la realidad a la percepción sino lo opuesto: aquel por el cual el mundo puede experimentarse como un loci poético. En los 33 poemas que lo componen –una cifra, dicho al margen, significativa– se despliega esta hipótesis secreta, tácita, que da su tono particular a la voz poética, pero sobre todo que se insinúa como el sustento fundamental de la experiencia de realidad que ahí se transmite.

¿Qué hace falta para percibir poéticamente la realidad? Si atendemos al trabajo de Karla Hill, podríamos comenzar por decir que la realidad se descubre poética cuando el yo y el mundo entablan una relación que va de la intimidad a la distancia, de la fascinación y el enamoramiento al desencanto y el rechazo. Una flor, una taza de café, la lluvia, el mar, la soledad, el silencio o cualquier otra de las muchas entidades que pueblan el mundo nos pueden ser funcionales o indiferentes, podemos sentirlas y al instante siguiente dejarlas pasar, pero también podemos extrañarnos de su presencia, embriagarnos con su representación, mirarlas por una vez atentamente, sorprendernos por su simplicidad, sentir el dolor que dejaron en nuestra memoria: hurgar una vez más en la impresión que dejó cierta experiencia del mundo.

Los poemas de Desluz son, en este sentido, una exploración de ese vínculo poético con la realidad, de los muchos matices y senderos que se miran y se recorren una vez que se ha descubierto la posibilidad de experimentarla poéticamente.

 

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Veo niños que persiguen pelotas,
nubes blancas sobre nubes grises,
un jardinero podando el pasto,
–indiferente–
gatos cautelosos esperando
una oportunidad,
–no sé para qué–,
perros que saltan y obedecen un chiflido,
insectos de la misma especie dando vueltas
sobre un árbol,
pasto húmedo y corto,
pasto largo y seco
pájaros que vuelan alto y no saben lo que
pasa abajo,
palomas que sacuden la cabeza y zurean
melancólicas
porque no saben qué hacen ahí,
ardillas que corren y se pelean por un
cacahuate,
peatones con paraguas abiertos,
–preparados para la tormenta–,
gente que se saluda,
gente que camina mirando el suelo, o sus
propios pies,
–como preguntándose a dónde van–,
postes de luz apagados,
–inútiles–,
gente que se sonríe,
hombres que no saben qué decir,
latas de refresco vacías,
letreros que prenden y apagan,
gente que se persigna,
muchachos que fuman,
fachadas de casas tristes,
ojos de distintos colores,
de distintas miradas,
huellas en la tierra,
escobas cansadas de barrer
siempre el mismo polvo.

Desluz
Karla Hill
Editorial Xolo, mayo de 2016
Ilustraciones de Tábata Bandin

Artista ilustra su lucha contra la depresión por medio de estos tenebrosos seres

Arte

Por: pijama Surf - 05/11/2017

Representar artísticamente la depresión puede ser una muy valiosa herramienta terapéutica

La depresión es una lucha de la mente contra la mente. Ya sea que este combate alcance planos neuroquímicos o que se mantenga en las estepas de lo anímico, lo cierto es que generalmente implica encarnizadas batallas que hoy cada vez más personas libran. 

Históricamente, el arte ha sido una herramienta medicinal. En el caso de Occidente, destaca en este rubro la labor de Carl Jung, quien profundizó en las propiedades curativas del arte –en su caso, particularmente a través de la creación de mandalas. 

A propósito de depresión y arte medicinal, el artista Dawid Planeta se abocó a materializar los embates de la depresión que sufre en oscuras entidades que ilustra. Las debilidades y miedos que este polaco detecta como detonantes de sus estados depresivos encarnan en gigantescos animales, deidades y seres diversos, con ojos brillantes. En estas escenas siempre aparece una diminuta persona, en este caso él, haciendo frente a estas fuerzas siniestras.

Suponemos que el acto de representar así sus frecuencias depresivas debiera de tener importantes efectos terapéuticos en la psique de Planeta, lo cual, de confirmarse, estaría marcando un episodio más del arte como generoso acompañante del ser humano...