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Estamos en la antesala de la elección presidencial. Es hora de ver si Morena tiene no sólo la capacidad, sino la entereza para cumplir sus promesas

Estamos en la antesala de la elección presidencial, a casi un año, cuando el Estado de México se deja venir como una prueba de fuego hacia esa meta última. Hay tantas opiniones como hay ciudadanos porque la política nos atañe a todos, incluso la decisión de ser apolítico es una decisión política, aunque lo natural es que la política sea de interés general porque todos padecemos sus consecuencias. Y así estamos de nuevo viéndonos las caras quienes pensamos de una manera y quienes piensan de otra, sea de viva voz a través de una mesa, en las redes sociales o desde espacios como este.

Las riñas de los dos bandos contrarios me han hecho pensar que como ciudadanos a veces vemos las cosas de manera equivocada. Antes que nada habría que darnos cuenta de que estamos del mismo lado. Quien no esté afiliado a un partido político y quien no tenga intereses, directos o indirectos, en el resultado de una elección —que no sea el del bienestar propio, en abstracto, y el progreso del país en su conjunto— es parte de la ciudadanía de la que la inmensa mayoría formamos parte. Estamos en el mismo barco, queremos y buscamos lo mismo: que este país cambie para bien. No hay que olvidar esa realidad a veces eclipsada, sobre todo al esgrimir opiniones políticas que atacan o defienden tal o cual postura. Estamos en esto juntos.

Los dos bandos contrarios a los que me refiero son, a grandes rasgos, quienes apoyan a Andrés Manuel López Obrador y quienes están en contra de su eventual candidatura. Me queda claro que dentro de los que están en contra hay matices, habrá quienes ya saben que van a votar por X o Y partido que no es Morena, pero creo que podemos estar de acuerdo en que la gran batalla es esa: estás o no estás con ese personaje que ha formado parte del escenario político mexicano por tanto tiempo. Le crees o no le crees. Yo me cuento entre quienes confían en él, y quiero explicar por qué.

En la casa en la que viví hasta mediados de mis años veinte llegaba el periódico Reforma puntualmente, todos los días, y recuerdo que cuando El Peje gobernaba la ciudad de México, poco antes de su primera candidatura para la presidencia, sentía una profunda aversión hacia él. No solamente por ese diario, sino también por la influencia de los principales programas de noticias, tanto de radio como de televisión, porque aunque procuraba (y sigo procurando) no ver televisión nacional, siempre se cuelan algunos minutos aquí y allá. Por todas partes se hablaban pestes. Lo veía o lo escuchaba hablar y el estómago se me revolvía. No puedo decir que lo odiaba porque no lo conocía, y sigo sin conocerlo, pero pongamos que no me caía nada bien, y así despotricaba en su contra junto con todos a mi alrededor.

Quiero pensar que soy una persona que escucha. Si a lo largo de mi vida he sido bueno para algo ha sido como alumno. Así fue como un profesor que tuve en la universidad, y que para ese entonces ya era uno de mis mejores amigos, me empezó a cuestionar esa aversión por ese oscuro personaje, a darme ejemplos y a pedirme pruebas. Yo seguí discutiendo quizá durante meses, peleando desde la trinchera de los contra, pero poco a poco mi viejo maestro me fue ganando la partida. Con el paso de los meses leía los editoriales con una perspectiva distinta, notando a veces los hilos de interés detrás de las palabras, pero sobre todo fijándome en los actos y escuchando las palabras de López Obrador desde otro ángulo, con mucho más atención, y yendo a las fuentes cuando era posible para comprobar si lo que decía era verdad. Es increíble el filtro que significan los medios de comunicación. Vemos el mundo desde esas ventanas, y cada una de ellas tiene intereses muy particulares.

Para la elección del 2006 ya era un converso, pero entiendo bastante bien al lado contra porque estuve ahí.

Hay tantos puntos de ataque que sería un despropósito intentar abarcarlos todos, pero me gustaría mencionar algunos. Hay decenas de indicios de que ese año hubo fraude, desde el contubernio con Elba Esther, las miles de irregularidades a lo largo del proceso para terminar con un 0.56% de ventaja para el PAN, cuando abandonaron el recuento de votos porque en todos los casos favorecía a AMLO, los spots televisivos pagados por los empresarios y un largo etcétera. La verdad es que mientras haya ganado el candidato que uno quiere, o deje de haber ganado el que uno repudia, a nadie parece importarle que hubiera habido trampa. En mi familia estoy rodeado de contras, y todos estaban felices porque de una u otra manera el engranaje político detuvo la candidatura de López Obrador. Ah, pero si hubiera sido al revés… Las pruebas de que sin tantas anomalías hubiera ganado están ahí, y el proceso fue tan sucio y el resultado tan cerrado que en una verdadera democracia debió de mínimo haber habido un recuento total de los votos, que con toda probabilidad le hubiera favorecido a él, por eso no lo hicieron. Si hubieran creído que si contando de nuevo los votos de todas formas ganarían lo hubieran hecho, y de esa forma habrían apaciguado a los millones que pedían ese recuento. El país estaba encendido.

Y así se dio el plantón de Reforma, que pudo haber sido un error, no lo sé, pero que fue una manera de evitar la violencia. Como lo ha dicho siempre, el suyo es un movimiento que es, ha sido, y será: pacífico. Mitofsky hizo una encuesta a sus seguidores en ese entonces, y más de la mitad opinaba que debían tomar el poder por la fuerza. Las aguas estaban muy altas, había masas de gente furiosa, y entonces para frenar esa marea potencialmente destructora se llevó a cabo ese acto de desobediencia civil pacífica. Una manera de luchar sin golpes ni balazos de por medio. Afectó a mucha gente y comercios y demás, sí, pero evitó una catástrofe mayor. No hubo un solo muerto, un solo herido, un solo enfrentamiento. Yo estuve en las calles varias veces, entre toda esa gente, y era evidente que habría sido fácil tomar el poder por la fuerza. Cientos de miles dispuestos a hacerlo serían imparables si se organizan y se da la orden desde arriba. El ejército no podría detener a tantos. Imposible. Sólo estando entre tanta gente te das cuenta del poder que puede tener una masa de ese tamaño. Pero habría habido muchos muertos a ambos lados, y quién sabe qué hubiera pasado después.

Ese no es el camino de Andrés Manuel. Él ha ido siempre por la vía pacífica y electoral, y esa lucha de más de 40 años se puede apreciar ahora, cuando todos los demás partidos le tiran por doquier. El Todos Unidos Contra López Obrador ha cobrado dimensiones alucinantes (y esto apenas comienza), lo cual es un indicio claro de que es un político diferente a los demás, si no ¿por qué todos en su contra? La respuesta es simple: porque la apolillada clase política no quiere perder los privilegios que ha disfrutado durante tanto tiempo, con el PRI prestándole la presidencia al PAN y de regreso, y el PRD uniéndose a nivel estatal con cualquiera de ellos para llegar al poder a toda costa. Si lo que busca Andrés Manuel fuera simplemente el cargo de ser presidente no le habrían hecho fraude en 2006, cuando Elba Esther le ofreció pactar e iba muy arriba en las encuestas. Era cuestión de sentarse a platicar con ella y con quien tuviera que hablar del PRI o del PAN para que no perdieran la calma, dejarlos con la seguridad de que sus privilegios seguirían intactos, como lo hizo Vicente Fox. Incluso pudo haber hecho eso y una vez en la silla presidencial voltearles la espalda, pero decidió ni siquiera sentarse a dialogar, y eso los enfureció, dándose cuenta de que el teatrito se les caería si él llegaba a ser presidente. La estrategia de hacerle creer a la gente que todos son iguales, incluido él, está funcionando en la ruta hacia el 2018, es una campaña de un éxito semejante a la del “peligro para México” en 2006, por eso hay que alzar la voz ante las calumnias y las mentiras. Claramente no son iguales. Las campañas publicitarias muchas veces funcionan, a pesar de estar forradas de engaños, al grado de que ahora resulta que el creador de la campaña del “peligro para México” quiere trabajar con él.

La comparación con Venezuela me parece el más burdo de los ataques en su contra. Él no es militar, no hizo un golpe de Estado cuando tuvo la oportunidad al alcance, durante su gobierno en la ciudad de México hizo muchos proyectos de la mano de la iniciativa privada, como la remodelación del Centro Histórico en asociación con Carlos Slim, y tiene proyectado hacer lo mismo a nivel nacional. En la ciudad de México, de cada peso que invirtió el gobierno, la iniciativa privada puso 30. Su tendencia política es de centro, ni siquiera diría que de izquierda, aunque a un lado de la derecha recalcitrante que supone el PRIAN su propuesta sí puede ser catalogada de esa forma: está a la izquierda de ellos. Cada vez más empresarios lo apoyan, porque se han dado cuenta de que el rumbo actual del país es insostenible. La corrupción lo ha corroído todo. Decir que si llega al poder “estaremos como Venezuela” es otra campaña publicitaria más, también con cierto éxito. Nada más alejado de la realidad.

Hoy de nuevo están temblando, pero el país ha cambiado, y el mundo también. Si no fuera por las redes sociales, el ubicuo filtro mediático nos seguiría vendiendo esa imagen del peligro para México, y de hecho es así, pero ya las ventanas se han multiplicado, son más pequeñas que los medios masivos pero hay muchísimas más, y siguen proliferando. Ya no es sólo lo que el locutor dijo que el candidato dijo, o la entrevista cortada, o las dos o tres palabras sacadas del contexto de un discurso. Todo eso se sigue dando, pero también está su página de Facebook, en la que se dirige a quien lo quiera escuchar directamente, sin censura. Me atrevería a sugerir a quienes están en su contra que se asomen a ese espacio de vez en cuando, con la mente abierta, para ver si están o no de acuerdo con él. En mi opinión sus palabras son bastante coherentes, pero que cada quien decida por su cuenta. También pueden leer alguno de sus libros o ver ¿Quién es el señor López?, el extenso documental de Luis Mandoki que consta de cinco partes, que se encuentran en YouTube.

También es coherente en sus acciones, y con esto no quiero decir que no haya cometido errores. Sin lugar a dudas se ha equivocado, y tampoco estoy de acuerdo en todas sus políticas. Por ejemplo, la idea de poner a plebiscito nacional el matrimonio entre parejas homosexuales me parece retrógrada, y su oferta de amnistía general a los corruptos si llega a ser presidente es también un error, un incentivo para que roben más en este año que falta. No, no es perfecto. No creo que sea el gran estadista que llevará las causas progresistas al Congreso, como legalizar la marihuana para de esa forma comenzar a atacar al narcotráfico sin violencia. No es eso tampoco. Lo que es cierto es que su gestión como jefe de gobierno de la capital fue notable, pero a mi juicio, lo más importante es que es, simple y llanamente, una persona honesta que lucha por intereses que van más allá de lo personal, porque si hubiera buscado dinero, con esa gran convocatoria popular, sería multimillonario. Politiquillos insignificantes han amasado fortunas que son verdaderamente majaderas. En su posición habría sido fácil volverse inmensamente rico. En cambio dedicó su vida a la transformación del país basado en un hecho principal: su honestidad. El departamento en la ciudad de México en el que vive, de 100m2, se lo heredó en vida a uno de sus hijos, y su parte del rancho La Chingada, compartida con sus dos hermanos, a otro de sus hijos. Vive de ser el presidente nacional de Morena, y antes de eso vivía del dinero asignado a cada partido, y de sus libros, porque además es un autor prolífico. No hay que olvidar que el movimiento que encabeza cuenta con aproximadamente 15 millones de personas a lo largo y ancho del territorio, los cuales creemos que este país lo necesita. Si a un político investigado por todas las instancias gubernamentales imaginables no le han encontrado nada en 20 años, en un país de una corrupción inmunda como el nuestro, ¿cómo dudar de su honestidad?

Pero hay tantas mentiras en esta guerra sucia que es difícil llevar la cuenta. Que si el coche deportivo de su hijo, que si los 500 mil pesos que le dieron a Cadena en Veracruz para que se los diera a Andrés Manuel, etc. Cada una de esas instancias se va desmintiendo, nada se le comprueba, tomando en cuenta que los servicios de inteligencia del Estado mexicano son excepcionales, pero a fin de cuentas quien quiere creer en ellos los acaba creyendo, y así la campaña de desprestigio surte efecto sin una sola prueba. Ahí está el registro público de la propiedad en donde cualquiera puede buscar los bienes que tiene, después del grito en el cielo de sus opositores cuando declaró en ceros su tres de tres. Si no es verdad, que lo demuestren.

Son tiempos de emergencia, y por eso hay que levantar la voz cuando tanta manipulación desvirtúa el debate político. Creo que se necesita que alguien como él, que no roba, sea presidente de México y haga un intento por limpiar el gobierno. Para como estamos eso sería suficiente, sin embargo sus planes para distintos sectores del país son cada vez más robustos, comenzados en 2012 y perfeccionados para la elección del año entrante.

No lo conozco personalmente pero he acudido a un buen número de sus intervenciones públicas, en el Zócalo, sobre Reforma o recientemente frente al Monumento a la Revolución, y lo que veo a su alrededor es un partido político con gran injerencia de la población. Es un movimiento ciudadano.

Viene la elección del Estado de México. Delfina Gómez, maestra de escuela con dos maestrías, es hija de un albañil y ha vivido en la misma casa desde que nació. Es la única candidata que no vive en una gran mansión, la única honesta, y hasta que no le prueben los ataques de los que ha sido víctima no se puede decir que no lo sea. Ya veremos. No tiene tantos años en el ojo público, así que habrá que ver, pero por lo pronto lo mismo opino de ese caso: es necesario que llegue a gobernar alguien externo a la camarilla de corruptazos que ha sido siempre el grupo Atlacomulco. Que pierda el PRI, y que gane Morena su primera gubernatura para ver de qué es capaz. Ya le toca. Los demás han tenido su oportunidad y sólo han robado. Es hora de ver si Morena tiene no sólo la capacidad, sino la entereza para cumplir sus promesas. Si no es gobernando, ¿entonces cómo?

 

Twitter del autor: @jpriveroll

Las opiniones aquí expresadas no reflejan necesariamente las posturas de este medio.

"Bienvenidos a la era de la posverdad", se anuncia por todos lados, ¿pero realmente las cosas han cambiado mucho? ¿La verdad ha dejado de importar? E incluso, ¿realmente podemos percibir la verdad?

Si uno lee los diarios en gran parte del mundo occidental, parece que en el último año se ha asumido la entrada de una nueva era, la era de la posverdad (post-truth). Los medios y diferentes analistas políticos y teóricos de comunicación han decidido como la punta más aguda de su análisis que estamos en una era donde la verdad, los hechos, los datos duros, han dejado de importar. "Post-truth" fue nombrada la palabra del año por el diccionario Oxford en el 2016 (1 año antes había sido emoji). El diccionario define esta palabra así: "relativa a o denotando las circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menos influencia en moldear la opinión pública que las emociones y las creencias personales". El uso de este término se incrementó 2 mil veces en el 2016, particularmente en relación al Brexit y a la campaña de Trump. Sin embargo, el término también fue usado para describir las estrategias de políticos en China, Turquía, la India y demás países, incluyendo a Rusia, que es considerado por algunos analistas como el país cuyo gobierno ha amaestrado la propaganda de la posverdad.

El término post-truth fue usado memorablemente por Steve Tesich en relación con la Guerra del Golfo en 1992: "nosotros, los ciudadanos libres, hemos decidido libremente que queremos vivir en un mundo de la posverdad". Un libro titulado The Post-Truth Era, publicado en el 2004 por Ralph Keyes, anunciaba la llegada de esta era. Sin duda, la obra que mejor define a esta era es el documental de Adam Curtis HyperNormalization, que en octubre del 2016 narraba ya cómo "el mundo había dejado de ser real":

Vivimos en un mundo donde los poderosos nos engañan. Sabemos que mienten, y ellos saben que sabemos que mienten, pero no les importa. Decimos que nos importa, pero no hacemos nada. Nada nunca cambia. Es normal. Bienvenidos al mundo de la posverdad.

Ahora bien, uno podría pensar que la posverdad, que la mayor importancia de las creencias y las emociones por sobre los hechos objetivos es algo nuevo, parte de la degeneración de nuestra sociedad y del nuevo ecosistema tecnológico. Pero esto es algo que merece debatirse. Por una parte. es indudable que estamos viviendo una cierta decadencia cultural en tanto que la visión preponderantemente económica de la realidad --y del sentido y propósito de la vida humana-- potenciada por los medios tecnológicos está produciendo una era no sólo de la posverdad sino de la distracción, en la que la cultura antes basada en el arte hoy está basada sobre todo en el entretenimiento, donde la sobreinformación y la falta de curaduría de la información hacen que nos ahoguemos en un mar de irrelevancia, como temía Aldous Huxley (un mundo donde los libros no tienen que ser prohibidos porque no hay nadie que los quiera leer). Por otra parte, es indudable que el ser humano siempre se ha guiado más por sus emociones y creencias personales que por la supuesta realidad objetiva, fundamentada en los puros hechos. La realidad de esto es que el ser humano no está evolutivamente construido para ver la verdad y ni siquiera la realidad parece tener una existencia independiente de nuestra propia subjetividad (algo que sugiere la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica). Lo que existe, sin embargo, es una realidad consensual y convencional, lo que se conoce como un sentido común que legisla, regula y promedia lo que es aceptado como la realidad, una especie de censor comunitario, y parece ser que los hechos experimentados en el último tiempo se desvían de la realidad socialmente aceptada y definida, o al menos de la preferencia de aquellos que más influyen y regulan las verdades comunes. 

El trabajo del neurocientífico Donald Hoffman es bastante contundente en este sentido. El mundo que percibimos no es nada parecido la realidad, sugiere su investigación de 30 años; por el contrario, al volvernos más aptos evolutivamente nos alejamos de la realidad, ya que para una especie percibir dicha realidad no tiene ventajas evolutivas:

El físico matemático Chetan Prakash probó un teorema que yo ideé: según la evolución por selección natural, un organismo que ve la realidad nunca será más apto que un organismo de igual complejidad que no ve la realidad pero que está ajustado sólo en aptitud [para sobrevivir].

Hoffman mantiene que nuestras percepciones han evolucionado para incrementar nuestra aptitud (lo que llama fitness) y no para ver la verdad. Sólo vemos la parte del bosque que nos sirve para sobrevivir y perpetuarnos. Existe una enorme cantidad de información de la realidad que no es útil percibir: "Si tuviéramos que pasar todo el tiempo decodificándola, el tigre te comería". Así es como han sido construidos nuestros mecanismos de percepción que actúan por default; queda abierta la pregunta de si el hombre, capaz de conscientemente modificar y educar su percepción, podría trascender la biología, considerando que existe un sentido superior a la vida que la mera supervivencia física. Dicha trascendencia podría justamente empezar por notar que no percibimos la realidad o que incluso la realidad como tal no existe de manera independiente de nuestra percepción, como ocurre en algunos sistemas espirituales contemplativos.

En términos políticos esta tendencia a ver sólo lo que nos permite sobrevivir se traduce en el sesgo partidista (en inglés se le llama partisanship). Diversos estudios muestran que cuando las personas son expuestas a datos sobre ciertos candidatos políticos, incluso si son muy inteligentes, suelen entrar en modo de procesamiento selectivo de la información, en el cual sólo atienden y asimilan los datos que confirman sus posiciones previas. Así, el 88% de las personas identificadas como republicanos votaron por Donald Trump y el 89% de los demócratas votaron por Clinton. Esto es una especie de mecanismo de supervivencia memética o ideológica, en la que ajustamos la realidad para que nuestras convicciones (muchas veces prejuicios) puedan mantenerse a flote. Es de notar que esto no le ocurre solamente a personas que podemos considerar como de baja capacidad intelectual (según pruebas psicométricas), la diferencia estriba solamente en que personas de mayor coeficiente intelectual tienen mayor capacidad de construir argumentos que aparentemente sustentan sus posturas. 

Indagando la naturaleza de la percepción, uno nota que claramente la era de la posverdad no es nueva, ya que la verdad nunca ha estado del todo con nosotros, si seguimos el argumento evolutivo, pese a que el materialismo científico ha construido la ilusión de su conquista. Por ejemplo, el físico William Thomson (Lord Kelvin) anunciaba en las postrimerías del siglo XIX que la ciencia había ya descubierto cómo funcionaba en su totalidad la naturaleza y que sólo quedaba ajustar unos detalles. En cierto modo es la ilusión de que hemos accedido a la verdad, la cual está soportada por la ciencia, lo que hace posible el shock de la posverdad. Dicho eso, también es evidente que la tecnología ha alterado nuestra relación con la información y magnificado la consolidación de "bolsas de realidad", en las que los individuos quedan aislados con su propia versión del mundo reforzada por algoritmos programados para personalizar la información. Sin embargo, también debemos notar que ha habido numerosos momentos en la historia, quizás la mayoría, en los que la información ha sido manipulada por el Estado y los diversos poderes y que el mismo estado de los medios en Estados Unidos y en otros países en diversos pasajes de la historia ha creado en mayor y menor medida una inundación de noticias falsas, cámaras de ecos y burbujas de realidad.

Después del referéndum del Brexit, la editora de The Guardian, Katharine Viner, publicó un artículo titulado "Cómo la tecnología ha perturbado la verdad", en el que culpaba al algoritmo de Facebook y al clickbait de muchos medios --el cual existe en simbiosis con el algoritmo de Facebook-- de alejarnos de la verdad y del periodismo de investigación de calidad. Cerca del término "post-truth", en el 2016 vimos también el surgimiento o popularización de términos como "fake news", "filter bubble" y "echo chambers". Un ejemplo de cómo funciona la burbuja de los filtros fue desvelado por el activista Tom Steinberg. Aunque más de la mitad de su país había votado a favor de abandonar la comunidad europea, en su Facebook no podía encontrar ningún post sobre alguien que estuviera celebrando el Brexit:

Estoy activamente buscando personas que estén celebrando la victoria del Brexit, pero la burbuja de filtros es tan grande, se extiende incluso a la búsqueda personalizada de Facebook, que no puedo encontrar nadie que realmente esté feliz pese a que la mitad del país claramente está en estado de júbilo hoy.

Dentro de esta “filter bubble”, los usuarios constantemente reciben una versión de la realidad basada en lo que de antemano ya les gusta, creando pequeñas bolsas de realidad que sólo afirman las creencias preestablecidas y que los mantienen aislados de ideas que desafían sus nociones básicas (el axioma de los algoritmos es: if you liked that, you will love this). Es la tautología del reino de lo mismo. Nuestra experiencia con la tecnología moderna es la de un espejo, tiende al narcisismo, e incluso a un narcótico: nos empachamos de nosotros mismos y quedamos sedados, aislados en el confort de nuestra burbuja algorítmicamente personalizada del mundo externo, el cual es frustrante ya que no podemos cambiarlo y se comporta caóticamente. Esto tal vez puede ayudar a explicar la aceptación generalizada de nuestra era como la posverdad, debido al hiperindivdualismo narcisista que caracteriza a la sociedad del consumo en la era digital, a los individuos que conforman la sociedad y que defienden sus opiniones y su derecho a ser únicos, a ser definidos por lo que les gusta y lo que no les gusta, la divergente verdad de los otros, en contraste, es definida como una no-verdad, como ignorancia por no acoplarse a nuestra verdad. Desde nuestra burbuja de filtros, que parece dar solidez a nuestra visión del mundo, ya que le da un aura de objetividad en tanto que ésta aparece en el mundo externo (aunque sea virtualmente) y circula entre nosotros con la credibilidad que le dan los medios y los amigos que validamos, lo otro, aquello que amenaza nuestra construcción de la realidad, no puede ser verdadero. Cuando la visión alternativa de la realidad logra romper la burbuja en la que estamos aislados e irrumpe en nuestra vida la llamamos la posverdad.

Con lo anterior no quiero negar el sentido ético de la verdad ni la noción de hechos que colectivamente son considerados como verdaderos, fundamentalmente porque son útiles y promueven una relación armónica con la sociedad y el entorno. Asimismo, el hecho de que no estemos equipados evolutivamente para ver una verdad objetiva independiente, no significa que no existan y que no construyamos verdades colectivas que temporalmente tienen validez para todos los miembros de una sociedad. Las verdades que tenemos son verdades relativas a nuestros propios aparatos de percepción y a nuestros contextos culturales. El sentido de cuestionar incluso la misma era de la posverdad, lo cual es bastante apropiado en el espíritu del término, es fundamentalmente cuestionar nuestros prejuicios y voltear la mirada al acto mismo de percibir, que es la unidad básica con la cual construimos la realidad, percepción a percepción. Asimismo, notar que nuestras verdades son relativas nos hace desidentificarnos de las mismas, volvernos menos fanáticos y quizás tener más empatía por las personas que difieren de nosotros.

 

Twitter del autor: @alepholo