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'Abriré de nuevo todas las heridas': Séneca sobre la necesidad existencial de enfrentar el sufrimiento

Filosofía

Por: pijamasurf - 06/03/2017

Contrario a la actitud más común en nuestra época, Séneca recomienda encarar el dolor y el malestar de nuestra vida para, sólo así, encontrar los recursos para darle fin y construir nuestra propia felicidad

En Pijama Surf hemos hablado anteriormente sobre los estoicos, escuela filosófica que floreció y se preservó entre el siglo III antes de nuestra era y el siglo IV y que, por un azar cultural, ha cobrado bríos renovados en esta segunda década del siglo XXI. Grosso modo, el estoicismo se caracterizó por explorar el sentido de la existencia y la posibilidad de ser feliz a partir de las condiciones propias del sujeto; sólo un examen de nuestra propia vida y la realización de ésta éticamente y en el marco de nuestras limitaciones podría llevarnos a construir, cotidianamente, cierta posibilidad de crear una vida en donde la plenitud y acaso incluso la felicidad tengan lugar.

Es posible que ese mismo fundamento estoico sea lo que atraiga tanto al espíritu de nuestra época. A nosotros (a quienes desde hace algunas décadas se nos ha vendido la idea de las las recompensas instantáneas y hasta un poco gratuitas) el estoicismo se nos presenta como la confirmación de algo que, en el fondo, quizá ya intuimos: que la felicidad auténtica no es inmediata, sino más bien se presenta como el resultado de acciones directas sobre nuestra propia vida, sostenidas, como un trabajo que requiere esfuerzo y que si es abandonado, se derrumba. A la “felicidad” fugaz que aprendimos a perseguir en estas últimas generaciones, el estoicismo opone una construcción paciente, examinada y constante de una felicidad más duradera, mejor anclada a las condiciones de nuestra existencia personal.

En este contexto, uno de los conceptos fundamentales no sólo del estoicismo o de la construcción de la felicidad sino de la vida misma, es el sufrimiento. La idea quizá nos repele sólo de pensarla, pues también eso aprendimos a hacer: temerle al sufrimiento. A diferencia de otras generaciones, muchos de nosotros hemos crecido en un ambiente social y cultural en donde el sufrimiento se intenta disimular, paliar, sea con analgésicos o con terapias alternativas. Apenas sentimos un dolor, físico o emocional, y de inmediato buscamos la forma de ahuyentarlo de nuestra vida.

Paradójicamente, un estoico haría justo lo contrario: dejar que el dolor mane, que el sufrimiento emerja y fluya como las aguas de un río, como un llanto incontenible y sin embargo finito. Que el dolor dure todo lo que tenga que durar.

En una de sus obras más conocidas, ese fue uno de los “consejos” que Séneca dirigió a su madre Helvia. La Consolación a Helvia fue una carta que el filósofo escribió luego de que fuera sentenciado al exilio a la isla de Córcega, pena impuesta por un tribunal que lo encontró culpable de adulterio con Julia Livilla, hermana de Calígula. Helvia sufría así el distanciamiento de su hijo luego de haber pasado en su vida por la muerte de su propia madre (quien falleció dando a luz a la propia Helvia), la de su esposo, un tío muy querido y tres nietos, entre los cuales se encontraba un hijo de Séneca. No parece sencillo “consolar” a una persona que atravesó por tanto padecimiento.

Y de hecho, Séneca no lo intenta. Al escribir a su madre, comienza por declarar su convicción de que “no se deben combatir de frente los dolores en la violencia de su primer arrebato”, pues “en todas las enfermedades nada hay tan pernicioso como un remedio prematuro”.

¿Qué hace entonces Séneca? Dejar que el dolor de su madre tenga tiempo para cicatrizar y, entonces, arremeter con dureza para “despertar todas sus causas” y “abrir de nuevo todas las heridas”:

Dirase: «Extraña manera de consolar, la de recordar las penas olvidadas; colocar el corazón en presencia de todas sus amarguras, cuando apenas puede soportar una sola». Pero reflexiónese qué males bastante peligrosos para aumentar a pesar de los remedios, se curan con los medicamentos contrarios. Voy, pues, a rodear tu dolor de todos sus lutos, de todo su lúgubre aparato; esto no será aplicar calmantes, sino el hierro y el fuego.

Y si bien este podría parecer un procedimiento no sólo extraño, como anticipa Séneca, sino acaso también cruel o malintencionado, el filósofo posee una razón casi irrebatible para consolar así a su madre:

[…] aquellos cuyos años han transcurrido entre calamidades, soportan los dolores más intensos con inquebrantable y firme constancia. La asiduidad del infortunio tiene algo bueno, y es que, atormentando sin descanso, concluye por endurecer.

Conocemos bien este argumento, aunque no lo apliquemos en nuestra vida. Sabemos que la desgracia, el sufrimiento y el dolor templan el ánimo, como el metal en la forja. ¿Entonces por qué nos obstinamos tanto en evadirlo y querer sacarlo de nuestra existencia? ¿No parece mejor atravesar el dolor, recorrerlo, enfrentarlo, sabiendo que al final aprenderemos algo de nosotros mismos que no sabíamos, que nuestro carácter adquirirá un cariz que de otro modo nunca tendrá, que seremos quizá más compasivos e incluso más sabios? ¿Por qué esa recompensa auténtica no nos parece más valiosa ni más atractiva que los espejismos con que la cultura contemporánea nos seduce para evitar el dolor?

Séneca invita a su madre a encarar sus sufrimientos, no a evitarlos. Y aunque esto puede sonar dramático, también hay una forma sencilla de decirlo. En otro sentido, el consejo de Séneca puede entenderse de una forma más llana: mirar de frente nuestro dolor es también considerar nuestras propias limitaciones, las condiciones en las que se desarrolla nuestra vida. Y no para compadecernos a nosotros mismos, sino para que a partir de ese reconocimiento existencial seamos capaces de modificar nuestra vida, de cambiar esas mismas condiciones. De ahí que Séneca diga a su madre que no busca atenuar su dolor, sino triunfar sobre él, conquistarlo. Esto es, ante nuestro sufrimiento no debemos sentir piedad o lástima por nosotros mismos, sino actuar para sobreponernos, salir de la definición que a veces nos imponemos de seres sufrientes (deprimidos, ansiosos, cansados, etc.) y, a partir del entendimiento de nuestra vida, emprender el camino de la búsqueda de la plenitud. Sobre esto escribe Séneca:

Todos hemos nacido para la felicidad, si no salimos de nuestra condición. La naturaleza ha querido que para vivir felices no se necesite grande aparato: cada cual puede labrarse su dicha.

Y un poco más adelante:

La fortuna agobia a aquellos sobre quienes cae de improviso: el que vigila constantemente la vence sin trabajo.

En nuestra época también se dice que cada cual es dueño de su destino y artífice de su felicidad, sin embargo, a la sombra de esta idea se esconden taimadamente las cláusulas de ese destino y de esa felicidad, que no son otras más que las convenientes para este sistema. La verdadera proposición es que cada cual es dueño del destino que se ajuste a los límites del sistema y a la felicidad que siga las directrices de este sistema. Se es libre para producir incansablemente, para consumir frenéticamente, para aceptar ser felices sólo bajo esos términos.

De ahí que la vigilancia a la fortuna a la que alude Séneca sea tan importante. O, cabría decir, la vigilancia sola, el examen de las condiciones de la existencia, entre las cuales el sufrimiento tiene una importancia capital. El sufrimiento no es un dolor vano, sino significativo, y a juzgar por lo que sucede en nuestra época, parece que lamentablemente hemos olvidado esa característica. ¿Qué quiere decir eso? Que el sufrimiento nos dice algo de nuestra propia vida, es una señal de urgencia que nos pide poner atención en cierto aspecto de nuestra existencia. ¿Y cómo respondemos nosotros? Apartándolo de nuestra vista. Al respecto dice Séneca:

Algunas veces ocupamos nuestro ánimo en los juegos y combates del circo, pero en medio de estos mismos espectáculos que deberían distraerle, se siente abatido por oculta tristeza. Mejor es, pues, vencer el dolor, que engañarle; porque distraído por los placeres, rechazado por las ocupaciones, despierta muy pronto después de acumular en el reposo fuerzas para desencadenarse […] todas estas cosas solamente sirven por breves momentos, no siendo remedios, sino aplazamientos al dolor: por mi parte, prefiero poner término a la aflicción, que engañarla.

Qué época tan extraña la nuestra, en la cual las personas prefieren aplazar el sufrimiento, el dolor, el malestar, y así acrecentarlo, en vez de enfrentarlo de una vez por todas y descubrir si tiene sentido y posiblemente remedio.

 

También en Pijama Surf: No evites la tristeza o el dolor: las emociones negativas son la clave del bienestar psíquico

En este enlace se encuentra una versión digitalizada de Consolación a Helvia, de Séneca.

Imagen principal: El suicidio de Séneca, Manuel Domínguez Sánchez (1871)

10 libros para descubrir que la filosofía es, por encima de todo, un método para aprender a vivir

Filosofía

Por: pijamasurf - 06/03/2017

La filosofía no es una disciplina abocada a especular o fantasear, sino justo lo opuesto: su objetivo es ayudarnos a construir la mejor existencia posible

Muchos creemos que la filosofía es una actividad o disciplina que se dirige a la reflexión de cosas que no son de este mundo. Filosofar es, desde esta perspectiva, algo parecido a soñar despiertos, a fantasear, a imaginar cosas que no existen, a pensar ideas sin sustento ni ancla en la realidad.

Con todo, este prejuicio sobre la filosofía está equivocado. Desde el inicio de los tiempos, desde el primer momento en que alguien se puso a reflexionar sobre su vida, su realidad, el universo o cualquier otro elemento de su entorno, la filosofía surgió enlazada inevitablemente a la realidad, unida del todo a la experiencia, tejida con el mismo hilo de los hechos cotidianos. Filosofar no es, en modo alguno, enajenarse de la realidad, rechazarla y eludirla, sino justo lo contrario: pensarla para comprenderla mejor y, en algunos casos, transformarla.

En este sentido, existe una vasta tradición filosófica que corre desde la Grecia clásica hasta nuestros días, en la que la reflexión es una actividad imprescindible para alcanzar una vida plena. Vivir lo hacemos todos, pero poder vivir bien, poder tener una buena vida, una vida de felicidad, significativa y plena, es un privilegio reservado a unos cuantos.

Porque privilegio, en efecto, es poder llegar al momento de la existencia en que decimos "no" a ciertas cosas que se nos han impuesto y "sí" a otras que hemos descubierto que deseamos; privilegio es poder conocer a los otros en su dimensión puramente humana; privilegio es emprender el camino del autoconocimiento y el cuidado de sí; privilegio, en suma, es poder abrazar y construir la vida que deseamos y no la que creemos que nos fue trazada.

A continuación, como una pequeña muestra de ese cariz de la filosofía occidental, compartimos una lista de 10 títulos que señalan ese camino de vida que tiene como propósito pero, sobre todo, como trabajo sostenido, la plenitud de la existencia.

 

El banquete, Platón

Para muchos, el mejor de todos los diálogos platónicos. Una obra en donde se conjugan la exposición filosófica sencilla, clara y profunda, un estilo literario sumamente cuidado y, finalmente, una suma de perspectivas que nos invitan a reflexionar sobre el amor y el lugar que éste puede tener en nuestra existencia.

¿Por qué leerlo? A contracorriente de la idea generalizada que se tiene sobre el “amor platónico”, en El banquete nos encontramos la verdadera concepción que Platón y Sócrates defendieron sobre el amor, menos una realidad limitada al vínculo con una pareja, con los amigos o con la familia y, más bien, una suerte de energía vital que nos mantiene en el mundo, que nutre nuestra existencia y, como sujetos, nos empuja a ir por más, a buscar lo que deseamos y, en suma, a construir cotidianamente la vida que sí podemos amar.

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Epístolas morales a Lucilio, Séneca

También conocidas como Cartas a Lucilio o Epístolas morales, este centenar de misivas (al parecer con un destinatario inexistente), son una especie de testamento de Séneca, pues además de que fueron escritas en los últimos años de vida del filósofo, reúnen prácticamente todos los aspectos de su pensamiento y abordan varias cuestiones de vida: la enfermedad, la pertinencia de ciertas costumbres, el suicidio (un tema familiar para los estoicos), la riqueza, etcétera.

¿Por qué leerlo? La filosofía estoica (y específicamente la de Séneca) le sienta bien a nuestra época: a nosotros que vivimos siempre con prisa, el estoicismo nos enseña la virtud de la espera; a nosotros que aprendimos a querer recompensas inmediatas, el estoicismo nos muestra la demora que requieren los triunfos auténticos; a nosotros que vivimos instalados en la búsqueda permanente de los placeres fugaces, Séneca nos invita a vivir con menos e incluso arduamente.

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Ética, Aristóteles

Dentro de los autores de la filosofía antigua, Aristóteles fue quien mejor sintetizó la idea de “eudaimonía”, que pasó a nosotros bajo los significados varios de “bienestar”, “felicidad” y “plenitud”. Lo más importante, sin embargo, es que el ejercicio de la filosofía era para Aristóteles y otros pensadores un elemento imprescindible en el cultivo y consecución de dicha “plenitud”, tan importante como tener amigos, ejercitarse o alimentarse saludablemente.

¿Por qué leerlo? Como otros aspectos de nuestra realidad, la idea de “felicidad” también parece estar necesitando cierto proceso de liberación y de vuelta a sus fundamentos. En una época en que la felicidad parece venir empaquetada y lista para consumirse, la Ética de Aristóteles puede ofrecernos la alternativa de una vida más auténtica y de una forma de felicidad o plenitud mejor enraizada en prácticamente todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida.

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Obras, Epicuro

De la obra de Epicuro sobrevivieron apenas unos cuantos textos completos, muchos fragmentos y, sobre todo, referencias a su pensamiento en otras obras (marcadamente, el poema De rerum natura, La naturaleza de las cosas, de Lucrecio). Con todo, la originalidad de su propuesta fue tal, que bastó eso para convertirlo en referente de una escuela filosófica que apostó por el placer, el azar y en última instancia la libertad como valores inalienables de la vida.

¿Por qué leerlo? La idea de placer es quizá una de las más problemáticas en nuestra cultura. Prácticamente en toda nuestra historia hemos vivido entre la tensión de quienes buscan censurarlo y quienes buscan satisfacerlo. A nosotros en especial, la postura de Epicuro puede mostrarnos que hay placer más allá del que se nos ofrece o, dicho de otro modo, que cada uno de nosotros tiene la obligación vital de buscar, construir y sostener la forma de placer que nuestra propia existencia nos dicta.

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Discurso del método, René Descartes

Un título archiconocido pero quizá no por ello del todo consultado o leído a cabalidad. Históricamente es la cumbre del racionalismo, pero también es una pieza literaria destacable y uno de los mejores títulos exponentes del género “discurso”.

¿Por qué leerlo? La idea de “duda metódica” es quizá una de las más útiles y a su modo hermosas de cuantas ha dado la filosofía, virtudes ambas que se sostienen en la sencillez de la actitud existencial hacia la que apunta dicha noción: dudar conscientemente, dudar con conocimiento de causa, dudar como método para conocer la realidad, en todos sus niveles. Y aunque decirlo es sencillo, hacerlo es una de las acciones más complicadas del mundo.

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Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie

A primera vista, el Discurso de Étienne de La Boétie podría considerarse más un panfleto político que un tratado filosófico en toda regla, y aunque posiblemente sea así, en sus párrafos es posible notar ese afán de liberación que caracteriza a la filosofía auténtica. De La Boétie elabora una reflexión sobre la obediencia con un acercamiento que algo tiene de visceral antes que de racional, pero que igualmente resulta lúcido y, sobre todo, estimulante para nuestros propios cuestionamientos al poder y la autoridad.

¿Por qué leerlo? De manera sencilla y asequible, Étienne de La Boétie siembra en sus lectores ciertas premisas necesarias para poner en entredicho los fundamentos casi siempre ilusorios de la autoridad y las obligaciones que se nos imponen a lo largo de nuestra vida.

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Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche

Quizá la obra más conocida de Nietzsche y, dentro de su bibliografía, su prueba de madurez filosófica. Un texto en donde la narración literaria y el discurso filosófico se mezclan para exponer algunas de las cuestiones fundamentales de la existencia humana: la idea de Dios, el valor de la amistad, la dificultad de pensar distinto ahí donde todos los demás parecen pensar de la misma manera, entre otros.

¿Por qué leerlo? El pesimismo en el que a veces se encasilla a Nietzsche queda aquí desvanecido por la luz vital de su pensamiento. Pero quizá la razón principal para leer Así habló Zaratustra sea encontrar entre sus líneas el ánimo necesario para reflexionar, preguntar, cuestionar y nunca dar por hecho ningún aspecto de la existencia. Por lo demás, Así habló Zaratustra puede ser la mejor puerta de entrada a otras obras afines aunque un tanto más desenfrenadas como Ecce homo o La gaya ciencia.

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El hombre rebelde, Albert Camus

El libro más ambicioso de Camus, en el que vació mucho de su pensamiento existencialista pero sobre todo libertario. Con oscilaciones entre la filosofía, la literatura, la historia y la reflexión personal, el filósofo de origen argelino explora la noción de rebeldía y su posibilidad en las condiciones presentes.

¿Por qué leerlo? ¿Qué idea más necesaria, en todo momento, que la de rebeldía? Tanto para la existencia propia como para la colectiva, mantener encendida una llama rebelde es, de algún modo, preservar la vida misma, apostar por la vitalidad, orientarse hacia la acción que transforma.

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Ensayos, León Tolstói

El único autor no del todo filósofo que incluimos en esta lista y quien, sin embargo, figura por mérito propio. En su obra ensayística, Tolstói desplegó no sólo la lucidez necesaria para exponer y defender sus ideas, sino especialmente la compasión para contagiar a otros de la benevolencia de éstas y la necesidad urgente de aplicarlas en el mundo. En especial recomendamos la lectura de Confesión, El primer peldaño (traducido también como El primer paso) y El Evangelio abreviado.

¿Por qué leerlo? Si bien en sus novelas Tolstói cedió también a su ánimo reflexivo, fue en sus ensayos donde se entregó al pensamiento con notoriedad y sabiduría. La pureza de su espíritu se abocó a la búsqueda de un juicio propio, una suerte de teoría existencial nutrida de otras ideas pero, al mismo tiempo, defendida con el ardor de la subjetividad y la libertad de pensamiento.

 

La dialéctica del amo y el esclavo en Hegel, Alexandre Kojève

Durante seis años, ininterrumpidamente, entre 1933 y 1939 Alexandre Kojève encabezó un seminario cuyo único propósito fue leer detenidamente La fenomenología del espíritu de G. W. F. Hegel. A ese mítico seminario asistieron Jacques Lacan, Maurice Merlau-Ponty, Raymond Queneau, Georges Bataille, Maurice Blanchot y varios más, a la postre influyentes intelectuales de la Francia de la posguerra. Entre otros títulos que se desprendieron del seminario de Kojève, probablemente el más notable sea aquel que rescató su lectura sobre la célebre “dialéctica del amo y el esclavo” de Hegel, uno de los conceptos fundamentales con los que el filósofo alemán explicó el movimiento de la Historia. Grosso modo, Hegel propuso la idea de una lucha constante entre un Amo que mantiene sojuzgado a un Esclavo a partir del miedo que éste tiene a su muerte y, por otro lado, el impulso que eventualmente siente el Esclavo por salir de la dominación del Amo. Kojève leyó este fragmento de la Fenomenología con una doble clave: el marxismo y el existencialismo.

¿Por qué leerlo? Si bien esta lectura puede no ser sencilla, después de cierto esfuerzo es posible encontrar en las tesis de Kojève el entendimiento de que no hay libertad sin trabajo ni sin angustia, y que es impostergable atender el llamado que surge en nuestra existencia para sacudirnos la dominación del Amo y emprender la construcción de nuestro propio mundo.

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