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José Gordon, novelista, ensayista y divulgador de la ciencia empedernido, nos lleva, a través de una Ted Talk, por diversos caminos de la imaginación

El proyecto Imaginantes se conforma por una serie de cápsulas de 1 minuto de duración que se transmiten en televisión abierta. Este trabajo es una gran aportación audiovisual que se sale completamente de los discursos usuales de la televisión mexicana. Para José Gordon, “los imaginantes son aquellos que ven lo que no se puede ver, los que saltan los límites del pensamiento”. Por ello, en cada cápsula aparecen imaginantes como Borges, Cortázar, Steiner, Keret, Jung, Lynch o Bradbury, para mostrarnos las conexiones entre el arte y la ciencia, porque “la ciencia confirma lo que la poesía intuye”, nos dice Gordon.

Por otro lado, este proyecto “se contagió” en una escuela secundaria pública por iniciativa de una profesora. Así, los alumnos se descubrieron a través de la escritura como imaginantes, y gracias a esto, Gordon inició un proyecto piloto de taller en línea en el que han participado más de 8 mil estudiantes. Porque, finalmente, ¿qué es educar si no compartir el placer del descubrimiento?

Además, en El inconcebible universo, el libro más reciente de Gordon, se hace un fascinante recorrido por las mentes de Albert Einstein, Edward Witten, Stephen Hawking, Walt Whitman, Jorge Luis Borges y Octavio Paz, por mencionar a algunos imaginantes. En este ensayo bellamente ilustrado por Patricio Betteo, puede apreciarse el resultado del trabajo de imaginación en el que la ciencia y el arte no pueden concebirse el uno sin el otro.

Así, José Gordon nos muestra que en este universo todo está relacionado, porque, como dice Octavio Paz: “Adonde yo soy, tú somos nosotros”.


CEOs de Silicon Valley están empleando a filósofos como consejeros

Filosofía

Por: pijamasurf - 07/27/2017

La utilidad de filosofía no caduca, incluso en una época como la nuestra que tanto privilegia la productividad

Bajo el pretexto de la productividad y la competencia, la filosofía ha sido empujada cada vez más hacia las márgenes de la sociedad, en tanto se le pretende considerar una disciplina inútil o innecesaria. Con renovado prejuicio, sobre la filosofía pesa la falsa creencia de que el suyo es un ejercicio meramente especulativo, sin asiento en la realidad, como si se tratase de ensoñaciones y fantasías o como si las preguntas de los filósofos atendieran únicamente a entelequias inexistentes.

La realidad de la filosofía, por supuesto, es totalmente opuesta. De hecho, si consideramos la historia del pensamiento y el desarrollo de la forma en que el ser humano aprendió a conocer e investigar su mundo, descubriremos que la filosofía se encuentra en el origen de todas las ciencias y las disciplinas de lo humano. Al principio, los primeros filósofos de quienes se tiene noticia o registro se interesaron por igual de las cosas del alma y de las del cuerpo, del cosmos y de la materia física, de plantas y animales y de la bondad o maldad del hombre. ¿Y por qué esta mescolanza primigenia? En buena medida, porque la esencia de la filosofía es inquirir, cuestionar, dudar, todo con miras a conocer la verdad sobre un asunto –algo que difícilmente alguien se atreverá a decir que es “inútil”.

Acaso por esa razón, porque la filosofía se ha especializado durante más 2 mil años en investigar la verdad, importantes ejecutivos de empresas no menos influyentes se han acercado en los últimos años a filósofos en busca de consejo. Específicamente, los CEO de firmas de tecnología asentadas en Silicon Valley recurren cada vez más a personas que han estudiado filosofía, en busca de respuestas a preguntas muy especiales: ¿qué es la felicidad?, ¿cómo se consigue?, ¿por qué ir en pos del éxito?

Como sabemos, incluso por experiencia propia, parte de la llamada “cultura laboral” contemporánea ha puesto un énfasis notable en que todo mundo en el trabajo esté “feliz” –lo que sea que eso signifique. Ciertas personas están obsesionadas porque su trabajo sea importante, valorado, porque tenga sentido y genere impacto; por otro lado, los empleadores igualmente tienen la política de construir entornos laborales en los que se propicie la satisfacción e incluso la felicidad.

¿Pero cómo lograr esto si, de entrada, nadie se ha preguntado qué significa ser feliz? Y esa es una tarea propia de un filósofo. No tanto responder, sino dar a quienes se hacen esa pregunta los medios necesarios para responderla por cuenta propia.

Andrew J. Taggart es uno de esos filósofos que ahora aconsejan a CEOs de varias empresas, ayudándoles a preguntarse no cómo pueden ser más exitosos sino por qué quieren ser exitosos, no cómo llevar una buena vida sino qué implica en realidad vivir de la mejor manera posible, e incluso preguntas un tanto más pragmáticas o inmediatas como qué está construyendo una empresa hacia el exterior, qué efecto está generando en la realidad.

Desde 2010, Taggart ha asesorado a diversos ejecutivos de compañías en Estados Unidos, Canadá, Europa y América Central. A diferencia de una terapia psicológica, sus sesiones no tienen un límite de tiempo definido, y casi como si se tratase de un diálogo socrático, puede hablar con dichos CEOs tanto como sea necesario, incluso hasta por 4 horas, durante las cuales los confronta con todas sus ideas, superficiales o profundas. Jerrold McGrath, un colega de Taggart que realiza el mismo trabajo, asegura que sólo así es posible “atravesar la mierda para llegar a lo que de verdad está pasando”.

Y es que parece ser que, en el fondo, el ser humano no puede sólo vivir, sino que necesita entender por qué vive.