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Los consejos de Virginia Woolf sobre la vida, la literatura y la condición de mujer

Libros

Por: pijamasurf - 01/25/2018

Un breve paseo por la sabiduría de Woolf

Virgina Woolf es, sin duda, una de las mejores escritoras en una época en que el talento literario no escaseaba. Su nombre reluce al lado de James Joyce, Marcel Proust y Franz Kafka, de quienes fue contemporánea y junto a los cuales –aunque por su propia vida– emprendió una exploración sui géneris sobre las posibilidades de la literatura como arte expresivo. Las emociones, el paso del tiempo, el enigma de la conciencia y la angustia del ser humano moderno, entregado al vacío de su espíritu y la ausencia de un destino declarado, son algunos de los problemas a los que intentó responder por medio de su escritura.

Woolf destacó también por reivindicar el lugar de la mujer dentro de la literatura, acaso no sólo por la literatura misma, sino sobre todo porque ésta representa una posilbilidad para las mujeres de desarrollarse al margen de las limitaciones y las imposiciones sociales. Su célebre ensayo “Un cuarto propio”, puede leerse así: como la incitación no a encerrarse, sino a construir la libertad partiendo de lo que nos es más propio: nuestro mundo interno.

A continuación compartimos algunas cuantas frases extraídas de obras de Woolf y que sirven como una dosis de inspiración o de sabiduría, en el mejor de los casos, como un estímulo para acercarse a su obra.


Sobre ser mujer

Como mujer no tengo país. Como mujer mi país es el mundo entero.

Las mujeres han servido todos estos siglos como espejos que contienen la magia, el poder delicioso de reflejar la figura del hombre dos veces más grande lo que es en realidad.

Cualquier cosa podría suceder cuando la feminidad deje de ser una ocupación protegida.

Aventuro que “Anónimo”, que escribió tantos poemas sin firmar con su verdadero nombre, con frecuencia era una mujer.

¿Por qué las mujeres son más interesantes para los hombres de lo que los hombres son para las mujeres?

En tanto una mujer piense como hombre, nadie objetará sus ideas.

Si así lo desean, echen cerrojo a las bibliotecas, pero no hay puerta, candado ni cerradura que puedan imponer a la libertad de mi mente.

 

Sobre la vida

Uno no puede pensar bien, amar bien ni dormir bien si no se ha cenado bien.

No puedes encontrar paz evitando la vida.

Algunas personas acuden con los sacerdotes, otros se vuelcan a la poesía. Yo busco a mis amigos.

Nunca pretendas que no vale la pena tener las cosas que no tienes.

No hay necesidad de apresurarse. No hay necesidad de destellar. No hay necesidad de ser nadie más de lo que ya es uno.

 

Sobre los libros y la literatura

Los libros son los espejos del alma.

La ficción es como una telaraña, prendida ligeramente quizá, pero de todos modos sujeta a la vida en sus cuatro esquinas.

Si no puedes contar la verdad sobre ti mismo, tampoco podrás hacerlo a otras personas.

El único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página.

 

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Gracias al insomnio Kafka escribió en un estado de sueño lúcido y alucinación consciente

Libros

Por: pijamasurf - 01/25/2018

¿El insomnio como fuente de creatividad? Así ocurrió con Franz Kafka

Franz Kafka se cuenta siempre entre los grandes escritores del siglo XX, en especial porque, como otros en su tiempo (James Joyce, Marcel Proust, o Virginia Woolf), fraguó una obra que, al mismo tiempo que mostró una nueva forma de hacer literatura, sirvió como medio de expresión de la subjetividad de su época.

En otro aspecto, Kafka pasó a la historia también por la leyenda que se formó en torno a su persona. Quienes conozcan algunos detalles de su vida o se hayan acercado a su obra, posiblemente tengan la idea de un hombre de salud quebradiza, siempre sufriendo por alguna razón, capaz de imaginar escenas un tanto siniestras u opresivas pero de todos modos elocuentes. 

Parte de esa leyenda también es el insomnio habitual que Kafka padeció, especialmente en sus años de madurez y que, en su caso, es indisociable de la escritura. De hecho, en un episodio que cuenta en sus diarios y sus críticos y estudiosos citan de tanto en tanto, el primer cuento que Kafka escribió y que encontró verdaderamente literario fue resultado de una noche pasada en vela, escribiendo incesantemente, y de la cual emergió también entre lágrimas, temblores y quizá alguna hemorragia nasal menor. 

La escena puede parecer exagerada, pero además de que no es la única en las referencias sobre su vida, una investigación reciente ha puesto de nuevo a discusión la utilidad que la imposibilidad para dormir reportó a Kafka en términos literarios. 

En particular, los investigadores Antonio Perciaccante y Alessia Coralli publicaron hace poco en la revista The Lancet Neurology un artículo sobre el efecto del insomnio y la parasomnia en la obra creativa de Kafka. 

Entre sus observaciones, Perciaccante y Coralli se detienen con especial atención en el efecto un tanto hipnótico o alucinatorio que la privación de sueño pudo generar en Kafka, mismo que se transformó en algunas de las “visiones” que pueblan sus escritos. Por la manera en que Kafka habló de su dificultad para dormir (especialmente en sus cartas y sus diarios), los investigadores creen que el autor checo encontró una inesperada fuente de expresión y creatividad en ese instante específico en que el sueño parece sobrevenir sobre nosotros, esa frontera un tanto vaga entre la realidad de la vida diurna y la vida onírica, entre la conciencia y la pérdida de esta y en la cual pueden llegar a surgir algunos de los pensamientos más sorprendentes. Según Perciaccante y Coralli, Kafka encontró la forma de mantenerse ahí, de sostener ese estado ambiguo entre vigilia y sueño y usarlo para escribir. En una entrada en su diario del 2 de octubre de 1911, escribió:

Noche de insomnio. Es ya la tercera de la serie. Me duermo bien, pero una hora después me despierto como si hubiese metido la cabeza en un agujero equivocado. Estoy totalmente desvelado, tengo la sensación de no haber dormido nada o de haberlo hecho sólo bajo una fina membrana; de nuevo veo ante mí el trabajo de volver a dormirme y me siento rechazado por el sueño. Y desde este instante hasta cerca de las cinco, transcurre toda la noche en un estado en el que realmente duermo, pero a la vez me mantienen despierto unos sueños de gran intensidad. Duermo literalmente junto a mí, mientras yo mismo tengo que andar a golpes con los sueños. Hacia las cinco, se ha consumido el último rastro de somnolencia, y ya sólo sueño, lo que resulta más fatigoso que estar en vela. En resumen, me paso toda la noche en el estado en que se encuentra una persona sana unos breves instantes, antes de dormirse realmente. Cuando me despierto, todos los sueños se han congregado en torno a mí, pero evito pasarles revista en mi memoria. […]

Creo que este insomnio se debe únicamente a que escribo. Ya que, por poco y por mal que escriba, estas pequeñas conmociones me sensibilizan; especialmente al caer la noche, y más aún por la mañana, el soplo, la inmediata posibilidad de estados más importantes, más desgarradores, que podrían capacitarme para cualquier cosa, y luego, en medio del fragor general que hay en mi interior y al que no tengo tiempo de dar órdenes, no encuentro reposo.

Y un par de días después:

Por otra parte, anoche me insensibilicé intencionadamente, salí de paseo, leí a Dickens, luego me sentí algo mejor y había perdido la energía para la tristeza, una tristeza que consideraba justificada, aunque también me parecía verla algo más apartada de mí; ello me daba la esperanza de dormir mejor. Efectivamente, el sueño fue un poco más profundo, pero no suficiente, y menudearon las interrupciones. Para consolarme, me dije que, de hecho, había vuelto a reprimir la gran agitación que hubo en mí; que sin embargo, no quería abandonarme, como me había ocurrido siempre después de semejantes períodos, sino que quería permanecer consciente de los últimos vestigios de aquella agitación, lo que anteriormente no había hecho nunca. Tal vez así pudiera hallar en mi interior una firmeza oculta.

¿Fue el insomnio una extraña manifestación de esa “firmeza oculta” que buscaba Kafka?

 

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Imagen: Robert Crumb