*

X
Un breve recorrido, sin tecnicismos, por una noción clave de la formación psíquica

I.

Layo, rey de Tebas, y su mujer Yocasta han pasado varios años juntos sin poder concebir un hijo. Layo decide acudir al oráculo de Apolo en Delfos para conocer la causa de esa dificultad. El dios responde que si Layo procrea un hijo, morirá asesinado por él. 

De regreso en Tebas, Layo deja de dormir con su mujer, hasta que un día, ebrio, la busca y como resultado del encuentro la embaraza. Al nacer el hijo de ambos, Layo quiere matarlo, por temor a la profecía, pero no es capaz de hacerlo, así que le hiere los pies y ordena a un sirviente que lo abandone en el campo, suponiendo que de ese modo el niño no podrá salvarse y nadie tampoco querrá rescatarlo. Se equivoca, sin embargo, pues unos pastores lo encuentran, lo recogen y lo entregan después a Pólibo y Mérope, reyes de Corinto, que lo toman a su cuidado, le dan un nombre a partir de sus heridas (Edipo, “el de los pies hinchados”) y lo crían como el hijo que ellos mismos no habían podido tener. 

Un día, ya que Edipo es un joven, un hombre ebrio le dice que no es hijo de sus padres, lo cual hace de él un bastardo. Las palabras del borracho lo perturban. Edipo habla con Pólibo y Mérope, quienes le dicen que ellos son sus verdaderos padres. Edipo no se conforma y decide acudir al oráculo de Delfos para conocer la verdad sobre su origen. La pitia le responde que su destino es matar a su padre y yacer con su madre. Horrorizado, Edipo se niega a volver a Corinto para conjurar así la profecía. Toma entonces el camino hacia Tebas, la ciudad más cercana a Delfos. 

En una encrucijada se topa con el carruaje de un hombre importante. Uno de los sirvientes de este hombre –su heraldo o el conductor del carro– discute con Edipo sobre quién de los dos debe ser el primero en pasar. Por alguna razón, Edipo se niega a ceder. La discusión se torna violenta y en este punto difieren las versiones de lo sucedido. Hay quien dice que, desesperado por la discusión, el hombre importante ordenó a su auriga azuzar a los caballos y atropellar a Edipo, pero el auriga perdió el control y el carruaje cayó por un barranco. Se dice también que, en la escalada, el heraldo mató al caballo de Edipo, lo cual encolerizó a éste a tal grado que en su ira mató a cuatro sirvientes del viajante y al viajante mismo. Esta parece ser la verdad. En cualquier caso lo cierto, lo innegable, es que el hombre muere: por causa de Edipo o directamente asesinado por él.

Después del incidente, Edipo sigue su ruta hacia Tebas. Poco antes de llegar a la ciudad se encuentra con la Esfinge, uno de los últimos monstruos que sobreviven en la Hélade y que plantea un enigma a todas las personas que pasan por ese camino: “¿Qué animal camina en cuatro patas por la mañana, en dos al medio día y en tres al atardecer?”. La Esfinge mata o devora a todo aquel que dé una respuesta equivocada. “El hombre”, dice Edipo, “porque gatea al nacer, camina firme cuando es adulto y se ayuda de un bastón en el ocaso de su vida”. Al escuchar la respuesta correcta, la Esfinge se suicida. 

Edipo llega a Tebas y se entera de que el hermano de la reina, Creonte, había prometido dar el gobierno de la ciudad a quien matara a la Esfinge. Creonte es provisionalmente rey de Tebas ante la muerte de Layo, inesperada y todavía sin explicación. Unos días antes, Layo había salido de la ciudad con rumbo a Delfos para preguntar a Apolo cómo liberar a Tebas del terror de la Esfinge. Pero su cuerpo sin vida había sido encontrado poco después en el camino, junto con el de sus sirvientes, al parecer asesinados.

Ante el trono vacante y tras haber derrotado a la Esfinge, Edipo es entonces nombrado rey de Tebas y se le da también en matrimonio a la reina viuda, Yocasta. 

Sin saber que es su madre, Edipo vive con Yocasta como hombre y juntos engendran cuatro hijos: dos varones, Eteocles y Polinices, y dos mujeres, Antígona e Ismene.

 

II.

En el origen, el primer objeto de deseo y amor que el sujeto conoce es una persona que sin embargo no puede corresponderle como quisiera: porque ese objeto de amor es su madre o su padre, porque el sujeto es un niño, porque esa persona por definición “pertenece a otro” (y la prueba obvia es que él o ella es el resultado de la unión sexual entre sus padres), porque el amor y el deseo están social y culturalmente construidos de otra manera, porque el tabú del incesto es la prohibición más atávica de la humanidad… En pocas palabras: porque esa correspondencia que el sujeto demanda es imposible. La disparidad entre sujeto y objeto del deseo así lo determina.

Para el sujeto, dicha imposibilidad se experimenta doblemente como represión y como herida. Reprime aquello del deseo sexual que está prohibido culturalmente (i. e. la relación incestuosa) y, por otro lado, al ser rechazado por la persona que ha despertado en él la conciencia del deseo sexual, su amor propio queda herido.

De la herida nace la falta y de la falta nace la subjetividad. 

 

III.

La tragedia de Edipo comienza cuando toma el camino hacia Tebas, después de haber consultado al oráculo de Delfos. La vida de Edipo, hasta entonces una línea recta y ascendente como toda vida humana regida por el tiempo, experimenta un regreso inesperado al punto donde todo comenzó.

Ese es también el sentido trágico de la repetición asociada con el complejo de Edipo. Trágico podría parecer un calificativo excesivo para la vida de sujetos corrientes, pero de cualquier manera conserva cierta precisión en tanto pertenece al campo semántico del malestar. 

A lo largo de su vida psíquica, sobre todo en relación con la vida sexual y la elección del objeto del deseo, hay subjetividades para quienes conjugar el verbo desear significa repetir, esto es, como Edipo, regresar al origen, que en el caso del sujeto es la escena primordial del descubrimiento consciente del deseo sexual. 

Desde el inicio, sin embargo, esa escena estuvo marcada por la imposibilidad, y en las repeticiones que el sujeto recrea no es distinto. La repetición, en este sentido, mientras esté gobernada por la compulsión inconsciente de sí misma, no puede generar para el sujeto nada más que dolor, malestar e insatisfacción.

¿Por qué repite entonces el sujeto? ¿Por qué, como se ha dicho, como si se tratase de un homicida o un perverso que regresa a la escena del crimen, ciertos sujetos buscan a toda costa reconstruir el escenario de su particular drama edípico?

La respuesta pasa por la subjetividad y por la represión. De la subjetividad no es posible hablar en términos generales, pero de la represión sí. Con cierta frecuencia, quien se afana en repetir lo hace porque su condición de sujeto deseante fue reprimida violentamente. Entiéndase: no su deseo en sí ni la manifestación material de su deseo, sino fue en su condición misma de sujeto que desea donde el sujeto fue reprimido.

Dicho sencillamente: quien repite lo hace porque en su conformación de sujeto deseante aprendió a ceder en la experimentación con su propio deseo, con su energía libidinal y erótica. Aprendió a conducirla dentro de los límites de lo permitido y lo conocido. En algunos casos, aprendió a repetir para no ser sancionado.

Pero la subjetividad propia del deseo hace de la repetición una paradoja y por ello una fuente constante de malestar, pues repetir aquella escena primigenia es desear lo que desde el inicio fue prohibido e imposible.

El sujeto deseante vive así atrapado entre el complejo de Edipo y el deseo del Otro, entre la represión y la imposición, entre su deseo que fue obligado a reprimir y el no-deseo de lo que se le da pero no quiere.

He ahí la tragedia de la repetición edípica.

 

IV.

El deseo, como aseguró Kojève, está socializado: deseamos lo que otros desean. Pero la falta, que nació de la herida narcisista, es completamente subjetiva. No hay otro campo para la falta que no sea la subjetividad. Por eso, más que el deseo, es la falta la que nos estructura como sujetos, la que nos da nuestra densidad subjetiva y acaso, con cierta licencia, podría decirse incluso que es la falta, en la conducción consciente o inconsciente que hace de nuestra vida, la que determina la coincidencia de muchas de las circunstancias que la vuelven única, que hacen de la vida una existencia humana. 

En las sociedades capitalistas y el imperio contemporáneo de la positivización, la pregunta que el sistema hace al sujeto es “¿Qué deseas?”, al mismo tiempo que abre el catálogo de las mercancías disponibles ya para su consumo inmediato. 

El sujeto puede responder al sistema. De hecho, está obligado a hacerlo. La pregunta por el deseo es quizá una de las pocas en la vida del ser humano que no puede quedar sin respuesta.

Sin embargo, para que sea una respuesta genuina, acorde al deseo del sujeto y no al deseo del Otro, el sujeto debe conocer antes su propia falta. Pero no en el dominio del Qué, sino en el campo mismo de la falta. La pregunta no es, como en el dominio del deseo, “¿Qué me hace falta?”. 

Puesta en comparación, la pregunta “¿Qué deseo?” puede rápidamente hacerse superficial y por ello mismo responderse al momento. De ahí que, en las sociedades capitalistas, sea tan sencillo confundir deseo con goce: porque para responder qué se desea, en la medida en que el deseo está socializado se cuenta con cientos o miles de recursos al alcance que con suma facilidad pueden convertirse en el sucedáneo de esa respuesta. 

La pregunta que concierne a la falta no es un Qué que tenga una respuesta directa. Es más bien una exploración o una elaboración. Para saber qué desea, el sujeto debe antes conocer su falta, medirla, pararse por un momento en el borde y comprobar de un vistazo la profundidad de esa hondura.

Darse cuenta, finalmente, de que nada podrá nunca llenar esa falta. Y pasar a otra cosa. Y entonces comenzar a desear realmente.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Desamor y reconquista del instante: una fórmula contra el miedo a la libertad de nuestra época

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

¿La adversidad es una oportunidad para ser felices? Este fragmento de Marco Aurelio así lo sugiere

Filosofía

Por: pijamasurf - 01/19/2018

En una época dominada por la distracción, el goce y la postergación, el filósofo emperador Marco Aurelio nos recuerda la generosidad implícita en las adversidades

Se dirá, con razón, que la adversidad es propia de la vida. Cada cual, a su propia manera, encuentra dificultades en su camino. Quien para encontrar trabajo, otros más para tener en su vida relaciones sinceras y afectuosas, hay quienes sufren por amor, por la muerte de un ser querido, por estrechez de recursos, por padecer una enfermedad… A veces también se trata de contrariedades heredadas o con las cuales hemos batallado por mucho tiempo sin que aparentemente seamos capaces de resolverlas.

Hay, sin embargo, un aspecto de esa adversidad estrechamente relacionado no con el hecho en sí sino con la manera en que lo percibimos y lo experimentamos. La falta de dinero, por ejemplo, hace a ciertas personas pensar con creatividad y entusiasmo y a otras las deprime o las paraliza y, mientras que unas llegan a montar algún negocio familiar (como es el caso de tantos migrantes alrededor del mundo), los otros, en cambio, poco pueden hacer más allá de lamentarse de su suerte.

En este sentido, la filosofía estoica ofrece un entendimiento de la adversidad que, en términos generales, nos invita a aceptarla y vivirla, no con mayor sufrimiento o dolor del que le es implícito, sino sólo como un aspecto propia de la existencia y del cual nadie está exento, además de que se trata de una circunstancia que cuando se viven así, usualmente nos reportan también aprendizajes invaluables, fortaleza para nuestro ánimo y, aunque esto se dice poco, también compasión.

En efecto, aunque el estoicismo suele asociarse con la serenidad o la ecuanimidad, especialmente ante las dificultades, es posible encontrar en sus ideas un elemento constante de compasión, palabra que quizá nos hace pensar más en las doctrinas orientales pero que, a fin de cuentas, es común a todos los sistemas de pensamiento orientados al buen vivir.

Con motivo de este aspecto no siempre difundido de la escuela estoica, compartimos ahora un fragmento de las "Meditaciones" de Marco Aurelio en donde se aconseja soportar las adversidades como las rocas resisten las olas, que las golpean sin por ello perturbarlas… pero no sólo eso. Leamos a Marco Aurelio antes de continuar:

Sé fuerte como las rocas que las olas del mar no dejan de golpear: se mantienen firmes mientras que a sus pies la espuma se agita y desaparece. «¡Ah! Soy desdichado –dices– porque me ha ocurrido tal percance». Te equivocas. Por el contrario, tendrías que decir: «Estoy feliz porque, a pesar de esto que me ocurrió, estoy al abrigo del dolor y no me siento herido por el presente ni ansioso por el porvenir». Lo mismo podría sucederle a cualquier otra persona pero no cualquiera lo recibirá con la misma impasibilidad que tú. ¿Por qué, entonces, tiene que ser este accidente una desgracia y no un acontecimiento feliz? ¿De verdad puedes llamar desgracia algo que en nada disminuye la naturaleza del ser humano? ¿O crees tú que haya una verdadera degradación de la naturaleza humana ahí donde no hay nada que sea contrario al destino de ésta? ¡Y bien! ¡Tú conoces ese destino! Lo que acaba de suceder, ¿te impide ser justo, magnánimo, sobrio, razonable, sereno en tus juicios, modesto, libre y tener, en fin, todas aquellas virtudes que permiten a la naturaleza del ser humano conseguir sus propósitos? De ahora en adelante, siempre que algún acontecimiento te cause pesadumbre recuerda esta máxima: «Esto que me acaba de ocurrir no es una desgracia, antes bien, es una felicidad auténtica si sé cómo enfrentarla con virtud generosa». 

(IV, 49)

Cuando coloquialmente se dice que una situación se "soporta estoicamente”, usualmente se alude a esa fortaleza de las rocas frente al mar, una mezcla peculiar de resignación y valentía que nos lleva a sacar el pecho y plantar cara ante las vicisitudes que se nos presentan.

Sin embargo, como vemos en las palabras del emperador filósofo, el estoicismo no se trata sólo de “soportar”, sino, mejor aún, de vivir y de hacerlo con virtud, esto es, la adversidad es un momento de nuestra existencia en que necesitamos de nuestras mejores cualidades para salir airosos del desafío. Una circunstancia que antes que llevarnos al dolor, la pena o el lamento, nos permite ejercer nuestro sentido de la justicia, la honestidad, probar y aun conocer el temple de nuestro ánimo e incluso ser generosos. Por eso Marco Aurelio nos hace considerar el percance como una oportunidad de ser felices, porque en cierto modo es una posibilidad de mostrar y descubrir nuestros recursos más invaluables como personas.

Esto pueden sonar paradójico o irrealizable en una época en la que estamos habituados a huir de la adversidad, a procrastinar para intentar alejarla o pretender que no existe, pero quizá si escucháramos al emperador filósofo nos daríamos cuenta, con él, que el ser humano es capaz de hacer más de lo que hace con el tiempo que le fue concedido.

Con cierta licencia, podríamos decir que en este caso la virtud estoica y la compasión oriental son términos equivalentes, pues en ambos casos se trata de la cualidad del espíritu que nos permite afrontar las contrariedades con fortaleza pero no con rigidez, sabiendo que la existencia es algo mucho más grande que nosotros pero que, aun así, es posible encontrar, en esa inmensidad, nuestro propio camino y las soluciones a nuestras dificultades –guiados por la virtud, la compasión y la serenidad. 

 

Imagen principal: Fishermen at Sea, Joseph Mallord William Turner (1796; detalle)

 

También en Pijama Surf: 

Las fascinantes similitudes entre la filosofía de Marco Aurelio y las enseñanzas del Buda

¿Necesitas tomar una decisión? Sigue el diagrama de flujo de los estoicos

El filósofo emperador Marco Aurelio sobre cómo motivarte en la mañana para ir a trabajar