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La casa de muñecas: Reflexión sobre la película ‘Soy la cosa bella que vive en esta casa’ (Oz Perkins, 2016)

Arte

Por: Psicanzuelo - 02/05/2018

Un relato gótico intimista contemporáneo

Oz Perkins, hijo del actor fuera de serie Anthony Perkins (Norman Bates de la clásica Psicosis), proviene de un camino actoral, quizás parte de su extensión genética, participando en proyectos interesantes como La secretaria (Steven Shainberg, 2002) o Erosión (Ann Lu, 2005). Lo que llama asombrosamente la atención no es únicamente su talento como director y guionista sino lo arriesgado de sus proyectos, que resultan sumamente logrados para el cine independiente del que es parte. Aunque sólo sean dos películas las que integran dicha filmografía, ya quisieran muchos directores prestigiados tener por lo menos la atmósfera que ha construido en alguna de ellas.

La enviada del mal (Oz Perkins, 2015) planteaba una escuela de internado que resulta una arena metafísica donde se suscitan poderes sobrenaturales en un invierno lleno de nieve, que tratan de absorber la energía vital de un par de señoritas. Kat (Kiernan Shipka) y Rose (Lucy Boynton) misteriosamente se encuentran solas en los largos pasillos y silenciosos salones de su helada preparatoria vacía, las sombras acechan y una misteriosa mujer debe llegar a toda costa con ellas por los difíciles caminos. De una manera u otra no podemos dejar de pensar en Elefante (Gus Van Sant, 2003), que más que retratar el episodio de la balacera de Columbine a cargo de dos adolescentes con acceso a Internet en un país libre de leyes de uso de armas de fuego, se dedicaba a esculpir lo macabro de las instituciones escolares de high school, donde uno era un pez en el agua en un mar de tiburones.  Así recorremos pasillos lúgubres, esperando al mal que puede llegar en cualquier momento, ¿llegará por afuera o por adentro de los personajes?

La enviada del mal abstraía lo gótico de lo cotidiano, gracias a una sinuosa fotografía a color saturada y una banda sonora que desataba escalofríos inmediatos. Llamaba la atención lo bien ejecutadas de sus actuaciones principales, a cargo de dos talentosas adolescentes.

Poco tiempo después aparece en Internet por servicio a demanda Soy la cosa bella que vive en esta casa (Oz Perkins, 2017), otro relato gótico intimista contemporáneo. Nuevamente de forma muy femenina, el director desarrolla más temas que tienen que ver con lo metafísico en lo cotidiano, en lo americano. La joven enfermera Lily (Ruth Wilson) es contratada para cuidar a una prestigiosa escritora de best sellers de areopuerto, Iris Blum (Paula Prentiss), en su casa blanca de dos plantas casi de cuento; ella es mayor y tiene Alzheimer y demencia senil. Desde el inicio Iris llama a Lily con el nombre de Polly, siendo este nombre propiedad de una de sus famosas protagonistas; en otra línea argumental paralela nos vamos enterando de la trama de ese personaje y al mismo tiempo de la oscuridad que puede aguardar a Lily en su destino como Polly.

Los tiempos imaginarios desplegados son arrebatadamente poéticos y estéticamente muy refinados, recuerdan vanguardias cinematográficas de principios del siglo pasado (Leger, Man Ray, Dulac) y al trabajo de danza fílmica surrealista de Maya Deren. La verdad es que el trabajo de montaje es exquisito, planteando varias realidades simultaneas que más que conformar un rompecabezas cuántico, ilustran emociones humanas en un nivel tecnológico, no podemos dejar de pensar en David Lynch y sus conceptos de oscuridad en Carretera perdida (1997), coescrita con Barry Gifford. ¿Qué tan oscuro es lo oscuro?

Pero, sobre todo, encuentro una similitud espeluznante con el trabajo fílmico poco conocido de la escritora Marguerite Duras, (1914–1996), en especial India Song (1975). Con su fotografía de movimientos interminables, con subexposición de ocaso solar, más lunar que solar, implacable noche por día. La cinta se construía sobre el voice over de la misma Duras que nos conectaba con el más allá de una manera indirecta, un poema visual que no tiene principio ni fin. Así, la voz de Lily nos va sumergiendo en el sueño sin fin, en la epidermis de la noche eterna.

La resonancia de la voz del personaje encarnando otros puntos de vista, ¿siendo Polly? va llenando la oscuridad de la pantalla y haciendo que tome vida la famosa Polly, mientras aguardamos lo peor para la protagonista. Pero más allá de un recurso narrativo el recurso es ontológico, y sobre todo un punto de vista que comienza a cambiar hasta liberar a la cinta de cualquier cadena de nuestra conciencia, es un filme limpio de esos que urge ver en estos tiempos, de esos que cada vez son más raros. Enhorabuena estamos ante un creador inusitado que brinda nuevo aliento a este arte a veces tan limitando por lo económico. En su tumba Norman Bates sonríe con los dientes de calaca de su madre, sin la voz en off del detective psiquiatra que explica todo.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

Edward Hopper hizo este dibujo a los 9 años, al reverso de su boleta de calificaciones

Arte

Por: pijamasurf - 02/05/2018

¿Una muestra del destino que le esperaba a Hopper?

Una frase un tanto coloquial asegura que “infancia es destino”, y aunque la afirmación merece discutirse y matizarse, lleva algo de razón. Durante esos primeros años de nuestra vida se sientan las bases de mucho de lo que después tomará forma en actos concretos, en decisiones que creemos tomar conscientemente, en equívocos y tropiezos pero también en logros y alegrías. Y quizá lo más paradójico de este proceso es que nunca se sabe. Por más que desde hace unos años existe una amplia aprehensión en torno a la “crianza” y la educación de los hijos, lo cierto es que nunca se sabe: la coincidencia de circunstancias en la vida de una persona es tan amplia, tan azarosa, que nunca se sabe.

Con esta breve reflexión quisimos acompañar la reproducción digital de este boceto, un dibujo sumamente elocuente que si bien pertenece a un “gran artista”, sorprende aún más por el momento en que fue realizado: nada menos que cuando ese gran artista tenía apenas 9 años y tomó su boleta de calificaciones, la volteó y comenzó a dibujar. Un niño como él quizá, un niño como el adulto que sin saber sería después, atraído por la soledad y la tristeza, por esos vagabundos del dharma que cenan solos en un merendero cualquiera en plena madrugada, que pasan sus domingos mirando por la ventana del cuarto donde viven o que comparten con otros sus penas de amor pero siempre desde un aislamiento que parece imbatible.

¿Infancia es destino? Quizá queremos decir que no podemos saberlo porque, en el fondo, estamos seguros de que es así, pero preferimos pensar que las cosas serán diferentes.

El dibujo es parte de un archivo de más de mil piezas que hace unas semanas recibió la Edward Hopper House, la casa-museo en Nyack, Nueva York, donde el pintor nació y creció y que desde hace varios años se habilitó como museo, tanto para dar a conocer como para difundir la vida y obra del pintor.